La cadena de hoteles Vincci se ha quedado con mi corazoncito nerd porque, sin pretenderlo, me ha dado la habitación tres catorce para mi breve, fugaz, efímera, pasajera, pero en absoluto última, estancia en Madrid. Rodeada de diseño ultramoderno de maderas color tabaco y muebles de esquinas agresivamente lineales, he decidido que ya vale de no daros la brasa, que luego os malacostumbráis.

 Vengo de León. Bueno, no, en realidad vengo de Valencia, pero se me entiende. Anteayer cogí el metro, que me dejó en el aeropuerto, donde cogí un avión hasta Oviedo. En Oviedo cogí un coche de alquiler, rojito él, y conduje cuesta abajo, digo, hacia el sur, por una autopista preciosa y aaaaalta, entre montañas nevadas tralalá, siguiendo fielmente las algo extrañas indicaciones de mi navegador, que me depositó sana, salva y algo cansadita en León, en un hotel con pasillos de aire levemente hospitalario y habitaciones claras y pelín demasiado marmoladas.

Cansadita o no, estaba en León, cosa que hasta la fecha nunca me había ocurrido, y decidí dedicar hora y media a cultivarme un poco.

-¿Queda muy lejos la Catedral? -pregunté a una efusiva y simpatiquísima recepcionista, que me describió una ruta sencilla y salpicada de "poquinos" como caramelitos. 

En León todo está a un kilómetro de todo, de modo que recorrí feliz una avenida, crucé una plaza, paré en un Phone House a preguntar si tenían un cable de datos para mi Blackberry, salí sin cable de datos porque no tenían, y enfilé la Calle Ancha, no sin antes comprarme un libro, porque sí.

León me cayó bien enseguida porque es una ciudad que no tiene miedo de poner tiendas de ropa de cama al lado de la Catedral, y porque la gente allí es tranquila, y cuando hablan contigo cada frase sale entera y bien formada, sin atropellos ni tropiezos, dándole el tiempo que necesita: ni más ni menos. Deteniéndome cada dos por tres a tirar fotos con la blackberry, que no pongo aquí por falta de cable de datos, subí por la Calle Ancha con la tarde virando al índigo y mis tacones creando melodías en el xilófono de las losas de mármol medio sueltas que pavimentan la calle.

La Catedral me recibió con ráfagas de aire helado, casi translúcida de puro blanca, entronizada en la plaza contra el fondo lapislázuli del cielo. Pasado el primer impacto, que fue gordo, la rodeé despacio, con precaución, como si estuviera acechando alguna bestia mitológica, y saboreé todos sus colores a medida que oscurecía y la piedra parecía brillar cada vez más, como una lámpara de alabastro. Todo lo cual me hizo volver al hotel más cansada aún, contenta, y con la interesante insatisfacción que se te queda al saber que no has podido ver todo lo que querrías ver pero tienes la certeza de que algún día lo harás.

Al día siguiente hice cosas que tenía que hacer, y luego paré a tomar algo en un bar antes de irme la estación a coger un tren.

– Un zumo de naranja, por favor, y, ummm, algo de comer, algo ligerito -dije al camarero del local medio vetusto medio reformado en el que entré un poco al tuntún.

– Tenemos bollería -replicó él sin muchas ganas-, o tortillas -más énfasis, más ganas-. Hay de bonito, de chorizo o de jamón.

– Bueno, pues un trocito de tortilla de bonito. Pequeñito, ¿eh? -especifiqué, indicando con los dedos el tamaño de una blackberry.

-Sí, sí, son pequeñitos -dijo él, repitiendo mi gesto con los dedos.

Mi concepto de "pequeñito" no coincide con el concepto leonés. El gesto debió ser para despistar, porque el trocito (trocino, dirían ahí, me parece) podía arropar cómodamente a un gato. Y el trocino de pan que lo acompañaba, a otro gato. Pero qué bueno estaba todo, oye.

Repleta de tortilla, me fui a la estación y me subí a un tren, que tres horas y media y una merienda después me dejó en Chamartín. Allí me embutí en el metro, con chaquetón para frío leonés y todo, y me deshidraté durante veinte minutos mientras decía tonterías en Facebook y escuchaba a dos chicos jóvenes hablar de sus exámenes/pruebas/algo en alguna orquesta o conservatorio. Él, trombón. Ella, clarinete. Ella acabó primera el año pasado, no sé de qué, pero este año la cosa no le ha salido muy bien. Se quedaba baja en el Mozart, aunque Mahler le salió bien, y en otra pieza su acompañante al piano no estuvo muy lucido. Él quedó primero el primer año, pero el año pasado quedó quinto, y parecía nervioso ante su inmimente prueba/examen/algo.

Jadeando de calor salí del metro, desemboqué en la Puerta del Sol, parpadeando confusa ante el disloque espacial, y tras un agradable e imponente paseo por calles madrileñas (todos los edificios tenían cara de llevar corsé), heme aquí, en la habitación tres catorce, intentando decidir entre ducha o baño y mirando la cama con codicia rayana en el pecado.

Mañana más.