Dicen que no hay dos sin tres. Es mentira. Puede haber perfectamente dos sin tres. Sin ningún problema.

De hecho, podría haber dos sin tres ahora mismo, si a mí me diera la gana. Por lo tanto, que conste que el hecho de que en este preciso día no haya dos sin tres en este blog, es por una decisión consciente. Mía. He dicho.

Hay muchísimas cosas que tienen dos sin tres. El hidrógeno. Zipi y Zape. Dos Caras. El Polo Norte y el Polo Sur. De modo que nadie venga diciendo, así al buen tuntún, que no hay dos sin tres. Porque los hay.

Dicho esto, una golondrina puede hacer verano, si le da la gana. Uno puede perfectamente casarse en martes. Sí, y embarcarse también. Un sol rojo mañanero no preocupa necesariamente al marinero, y eso de arrimarse a un buen árbol no tiene mucho que ver con la calidad de la sombra que te cobije.

Y ya que estamos con el refranero, y para salir del embolao en el que me metí yo solita prometiéndome publicar tres entradas, tres, en el día de hoy, os dejo un relato breve que mandé a uno de los retos de Literatúngara. El reto era escribir un relato breve basado en la sabiduría popular. En concreto: “Deberéis escoger un refrán popular, y usarlo para escribir un pequeño relato. No importa el tema ni el género, simplemente en algún momento del texto debe aparecer (o se debe hacer mención a él de forma clara y evidente) un refrán.”

Y yo me pregunté, ¿un refrán? ¿Y por qué uno? Y esto fue lo que salió:

DOS PÁJAROS DE UN TIRO

Madrugué mucho, aunque bien sabía yo que no amanecería más temprano, porque vino el chico a decirme que se nos había muerto el burro. Marzo mayeaba; ya marceará mayo, pensé, saliendo al corral con un cubo de cebada.

-Mucho ladra el perro -dijo el chico.

-Poco morderá -repuse, y eché la cebada al rabo del burro muerto. El chico me miró con expresión confusa.

-Ande yo caliente, ríase la gente, zagal -dije a modo de explicación, lo que no pareció aclararle mucho las cosas. Volvimos a la casa; mi mujer ya se había levantado y aderezado el desayuno, y yo intenté dejar al chico las cosas claras mientras nos sentábamos ante el chocolate bien espeso:

-A buen entendedor pocas palabras bastan.

Tampoco esto pareció ayudar al barbián, que murmuró algo de arrimarse a buen árbol y salió de la casa.

-Más tonto que el que asó la manteca -comentó mi mujer.

-Labrador tonto, patatas gordas -objeté yo, y ella repuso:

-El buen paño en el arca se vende.

Ante esto no tuve respuesta y me levanté para ir a trabajar.

-El que no trabaja de pollinejo trabaja de burro viejo -rezongué. Al salir me hizo fiestas el perro. Le acaricié las flacas costillas.

-Todo se te han vuelto pulgas -comenté, y fui a por la pala para enterrar al burro. Cuando terminé ya era hora de comer.

-El muerto al hoyo y el vivo al bollo -dije para mí, contento, al sentarme a la mesa después de lavarme.

-¿No querías caldo? Pues toma: dos tazas -dijo mi mujer, poniendo la segunda ante mí. Comimos con buena gana y luego despaché al chico a separar el grano de la paja mientras yo iba al pueblo a comprar otro burro.

Fui primero a casa del herrero, que sabía que tenía animales a la venta. Estaba él cortando panceta con un cuchillo de palo fuera en una silla, a la fresca.

-En mi casa, ya sabes lo que hay -dijo mostrando el cuchillo, y yo asentí. Resultó que tenía dos burros para vender.

-Uno es más pequeño que el otro. Como me hiciste buen precio por las patatas la otra vez, y es de bien nacidos ser agradecidos, si quieres te lo regalo.

-El tamaño no importa -dije alegremente, y sin mirarle el dentado me lo llevé a casa. Caballo no sería, pero me haría buen papel.

Por el camino pasó ante mí una golondrina, que no hizo verano, porque empezó a hacer mal tiempo. Puse buena cara, pero al llegar a casa me enfadé porque mi mujer había puesto todos los huevos en la misma cesta.

-Dos no riñen si uno no quiere -dijo ella plácidamente, y me mandó a ver si había algún pescado en la nasa.

Oí sonar el río, luego llevaba agua, pero no estaba revuelto, y como temía, no hubo ganancia. Mi nasa estaba vacía. La de mi vecino, sin embargo, estaba llena.

-Unos llevan la fama y otros cardan la lana -gruñí, y me fui al porche a cardar un rato. Allí me encontró el chico, que había cazado un par de liebres, lo que me devolvió el buen humor.

-De fuera vendrá quien de casa te echará -bromeé con él, y cada mochuelo se fue a su olivo.

Y aquí paz, y después gloria.

(Esta entrada y las dos anteriores están dedicadas a Findûriel, por darme el cachete que merezco y sacarme de mi pereza olímpica)