He estado una semana en Mallorca. Por trabajo, de modo que he tenido apenas un par de horas para salir a pasear, casualmente el día más caluroso en lo que llevamos de año. Como desde el coche se ven cosas muy bonitas, esas horas las dediqué a echarme la cámara al hombro y caminar hacia la zona de cosas muy bonitas a ver qué se veía.

Antes de todo lo cual me detuve, previsoramente, a tomarme un café frío a precio de uranio en una franquicia de esas muy exquisitas, de las que esta islita está llena. Como voy de pobre, todos los camareros de sitios como este pasan olímpicamente de mí, hasta que a) les miro de cierta manera o b) me ven sacar la cámara / el Papyre / el Mac. Lo primero que pase. 

Mi idea era visitar la Seu. Pero la Seu, como la puerta grande para Mastropiero, estaba cerrada. De modo que me dediqué a dar un paseo largo, laberíntico y satisfactorio por las callejas de alrededor, sin rumbo fijo. Durante un rato seguí unas indicaciones la mar de divertidas (por lo enrevesadas) hacia unos baños árabes que, para mi nula sorpresa, estaban cerrados. Así que me dediqué a recorrer callejas de asfalto sedoso, satinado por el sol, flanqueadas por fachadas limpitas y súbitos brotes de vegetación de un verde intenso por todas partes. Los recodos, revueltas y recovecos servían como una especie de trampa de aire, y tan pronto te encontrabas inmerso en una sopa sofocante que olía, curiosamente, a incienso y -con perdón- caca de perro, como te encontrabas en medio de un vendaval tibio que hacía no poco por refrescarte.

De la zona árabe, enrevesada y ecléctica, salí a la zona defensiva, con su baluarte y su imponente -y cerrada- catedral, desde donde me desvié levemente para buscar un cajero y acabé en un paseo con aire decimonónico y estupendos árboles, el Paseo dels Born, lleno de comercios todavía más exquisitos y de manadas y manadas de turistas. Me perdí un poco, medio adrede y sin traumatismos, y luego, al encontrarme, me entraron ganas de algo fresquito, en concreto de una cerveza. Muy raro en mí, porque no me gusta la cerveza, pero hay días que mandan hasta sobre las propias fobias, y algo amargo y frío era lo que me pedía el cuerpo. De modo que me metí en un pub de Londres, digo, en un pub que podría haberse encontrado perfectamente en la zona de Oxford Street, y mientras escuchaba buen pop de los 80 y mejor rock de los 70, me bebí media pinta de Guinness esperando a que se hiciera lo bastante oscuro como para que encendieran las luces de la Seu y poder hacer, al menos, una foto desde abajo.

Hice unas siete, apañándomelas de algún modo sin trípode, y luego, cansada pero contenta como dice el tópico, me volví al hotel, me bebí dos litros de agua sin respirar, y caí en coma. Tras lo cual trabajé 2 días más (ya sin poder salir a pasear) y ahora me voy a Gran Canaria otra vez (escribo esto desde el aeropuerto). Y luego no sé ya si pedirme el carnet de trotamundosislas.

Y por cierto, que si no se me olvida: por aquí hay montones de locales con wifi. ¡Gran Canaria, aprende!