Uno de mis sitios favoritos del barrio donde vivo es quizá el edificio más feo, cochambroso y deprimente que han visto los siglos, incluyendo el Albert Memorial, que es mucho incluir.
Dada mi tiquismiquez para la estética urbana este favoritismo puede parecer raro. Y lo es. El cubo chaparro de hormigón, que por no tener no tiene ni proporciones lejanamente armoniosas, no se salva así baje del cielo Leonardo da Vinci cargado de pintura. Las persianas metálicas que lo cierran son del más desagradable tono de verde plasticoso imaginable, y los churretes que caen de todas las esquinas lo afearían si el edificio fuera afeable, que no lo es. Ha alcanzado su máximo grado de fealdad y poco de lo que se le pueda hacer lo empeorará. Es un edificio, por tanto, inmejorable.
Y me encanta. Porque es el mercado del barrio.
Los churretes, las luces fluorescentes, los azulejos blancos agrietados y el tono gris y desangelado del hormigón son un telón de fondo que no hace más que realzar la riqueza sensorial, primaria, de sus contenidos. Es como ir a un museo, pero sin catálogo.
Entendámonos: yo no voy al mercado a comprar. No me gusta comprar, ni sé hacerlo. A pesar de mi mentalidad lógica y racional y de mis entrenamientos en levantar una sola ceja para parecerme más al señor Spock, cuando voy a comprar soy un desastre. Como muchos solteros, carezco de capacidad de previsión y siempre me encuentro con una nevera desequilibrada en la que hay, pongamos por caso, un huevo, media cebolla, tres tarrinas de paté, y doce berenjenas. Así que me entra el pánico, bajo a comprar corriendo, y en lugar de corregir el desequilibrio y acabar con una nevera sensata y nutritiva, vuelvo cargada con una nueva marca de limpiador antical, unas rodajas de salchichón, tres paquetes de servilletas de papel, y dos sardinas. O algo así. De modo que, al seguir con un huevo y media cebolla en la nevera, tengo que bajar de nuevo al día siguiente para volver con un surtido igualmente kafkiano de consumibles.
Porque, en realidad, yo al mercado voy de turismo olfativo y visual y claro, me despisto. El interior resuena con el inimitable zureo de cientos de personas comprando y charlando a la vez, amplificado por ecos de nave industrial y puntuado por las lejanas y reverberantes onomatopeyas de mercancías descargadas. Crac bang pum clang pooom.
Y sobre los mostradores inclinados de zinc se apilan las verduras, las frutas, la carne o el pescado bajo luces halógenas o fluorescentes, según los posibles del dueño del puesto. Ahí es donde voy yo de turismo.
Suelo entrar por la puerta del pescado, que da a un área con más azulejos de lo normal y donde el suelo de cemento pulido reluce de charcos. Allí, en laderas rosa y plata, formada sobre el hielo triturado y orlada de perejil más verde que una ladera alpina, se extiende una orografía ricamente orgánica. Sardinas de color plata más hermoso que el mithril, con los lomos azul pavonado; los lenguados, rodaballos y platijas, de un suave tono arena jaspeado, rosa o gris humo, con esa extraña cabeza suya en la que un ojo se acaba dando un garbeo al otro lado de la cara. Las pescadillas anodinas con los ojos redondos de sobresalto, como si no esperaran verme aparecer. A su lado, en laderas glutinosas blancas y rosadas, las sepias, como monstruos alienígenas, con los tentáculos enroscados en complicados arabescos. El olor característico del pescado fresco y del perejil machacado se mezcla con olor a hierro frío y a agua. Me paseo golosa entre mejillones, gambas, troncos rosados de emperador, langostinos, truchas, merluzas, doradas y lubinas, y me despego sin ganas para entrar al área de frutas y verduras.
Allí el olor adquiere un matiz más tenso, más mezclado. El pescado es pescado y una pescadilla huele casi igual que un salmón, pero aquí lo que aparece es una sinfonía compuesta para una orquesta de aromas multicolores. El pimiento predomina, siempre protagonista, presumiendo en sus montones charolados rojos y verdes. Pero no es el único, porque su aroma se mezcla con el frescor sutil de las lechugas, el olor dulzón de los tomates, y el suave bajo continuo de tierra y verdor de las judías, el garrofón, las acelgas. Los toques caseros los dan la dulzura firme de las manzanas y la cremosa blandura de los plátanos, mientras un desfile de mangos, papayas, chirimoyas, piñas, sandías, melones, albaricoques, melocotones, pavías y ciruelas aporta el equivalente a una orquesta tropical, eficazmente acompañada por los acordes tranquilizadores, mediterráneos, eternos, de los higos y los limones.
Yo hago ochos entre los islotes de colores, sin decidirme a nada pero oliéndolo todo. Uno de los vendedores, algo histérico, me ofrece un tomate (“Toma, toma, prueba, verás, como un dulce”) y me lo voy comiendo a mordiscos mientras me alejo sin comprar nada. El tomate no está como un dulce; es un tanto acuoso y de pulpa migosa, pero me lo como igual, a guisa de homenaje al mercado, lamiendo rápidamente el jugo que me resbala por la base del pulgar hacia la muñeca y me hace cosquillas.