Hace un día gris, con un cielo lechoso y espeso como una catarata y aire fresco y húmedo de cueva. Estoy en mi pueblo, que tiene cien veces menos gente que Corvallis, pero no lo parece. Lo que pasa es que por estos pagos nos tomamos el pueblo, así como tal y en conjunto, como una habitación más de nuestra casa, y no, caso de Corvallis, como el medio para pasar de una casa a otra (a ser posible deprisa y sin mirar a los demás). Aquí las fronteras entre “dentro” y “fuera” se difuminan, como si Barrio Sésamo no hubiera llegado a estos pagos, y andamos todos haciendo vida de umbral: apoyados a la puerta de casa, sentados en el escalón de entrada, asomados a ventanas y balcones, o en una silla sobre la acera, convirtiendo calles y plazas en salita de estar. La consecuencia obvia, entre otras muchas, claro, es que te enteras de todo, porque las conversaciones se llevan a cabo en voz alta y clara, y los aspavientos son suficientes para hacerse una idea de lo que se está discutiendo (no me hagan hablar, no me hagan hablar…). Como remate, y siguiendo la lógica de “salita de estar en la calle”, los niños campan a sus anchas; en Corvallis los esconden cuidadosamente para salvarlos de los innumerables peligros que allí acechan (lo que es un poco raro, porque la gente se sigue dejando abiertas las casas y los coches, pero la paranoia sobreprotectora con los niños en USA raya lo surreal), y si se les ve es en grupos y bajo la supervisión de algo que en círculos poco exigentes a veces se puede llamar “adulto”. Aquí el adulto en cuestión (este sí lo es) adopta la estrategia de los animales gregarios, es decir, se sienta en una mesa en la plaza a rumiar un bocadillo y una cerveza, fiándose de los otros miembros de la manada y de la protección que ofrece el grupo mientras su retoño salta y brinca y deja saber su localización en base a unas llamadas muy especializadas y efectivas llamadas “aullidos salvajes”. Así que todo está en orden, y de vez en cuando el runrún de la plaza en pre-fiestas queda ahogado por las campanadas lentas, solemnes y nada electrónicas del campanario de la iglesia dando las horas.