Y yo qué sé, pues mira, ha salido esto.

HISTORIAS DEL TERCER REINO

Escucha.
Está el Primer Reino, donde estamos tú y yo ahora: hueso y piel y carne, lo que somos con los ojos abiertos. El Primer Reino es el Reino que tiene el gran mar al norte, el gran río al este, las grandes llanuras pardas al oeste y al sur una enorme ciudad de piedra dentro de otra enorme ciudad de piedra, donde viven los poetas y los matemáticos.
Está el Segundo Reino, donde estamos tú y yo cuando nos contamos historias para hacernos creer que somos otra cosa. Este Reino está pegado al Primer Reino pero al norte tiene un lago con un castillo en el fondo, al sur un precipicio, al este un bosque y al oeste una ciénaga. Es un Reino peligroso en el que es fácil perderse.
Y luego está el Tercer Reino, donde están los otros, los que cuentan las otras historias, las historias que tú y yo no sabemos. El Tercer Reino vive entre el primero y el segundo, pero no tiene fronteras porque es como el aire dentro de una esponja: a veces ahí, a veces no, y su forma no la puede recoger ningún mapa.
¿Me estás escuchando?

***

Había una vez un joven que vivía en el Tercer Reino. Este joven era porquero, y un día que fue al mercado vio a una muchacha que tenía el cabello brillante como una castaña, la piel como nata fresca, la risa como el canto de una bandada de verdecillos. El joven se acercó a ella y la saludó cortésmente, pero ella nada más verlo palideció, dio un paso atrás y se fue corriendo.

Apenado, el joven fue a ver a la bruja del pueblo. La bruja estaba moliendo hierbas en un mortero de piedra y fumando en una pipa negra y vieja. En cuanto vio llegar al joven dejó el mortero a un lado y dio un par de fuertes caladas a la pipa.

—Bruja —dijo el joven—, he conocido a una joven que tiene los cabellos hermosos como castañas maduras, la risa como el canto de los pájaros esos pequeñitos y verdosos y la piel como crema fresca, pero ella no me quiere, ni siquiera quiere hablarme. ¿Qué puedo hacer?

—¿Qué quieres hacer? —preguntó la bruja. El joven pensó un poco.

—Quiero hablar con ella para saber cómo es, al menos. Si además de ser tan guapa le gustan los cerdos quizá nos llevemos bien.

La bruja aspiró una bocanada de hediondo humo de tabaco y miró al joven de hito en hito. Finalmente asintió.

—Está bien, te ayudaré para que puedas hablar con ella. Pero has de jurar que harás todo lo que te diga, tal como yo te diga.

El joven juró.

—Escucha pues —dijo la bruja—. Estas cosas me has de traer al anochecer en la próxima luna llena: uñas de tus manos y de tus pies, y cabello de tu cabeza, suficiente para rellenar este saquito de cuero que te doy. Y antes de venir irás al río y te desnudarás y entrarás en el agua poniéndote cara al este. Y frotarás toda tu piel con arena ni muy gruesa ni muy fina y mientras lo haces masticarás hojas de mastranzo. Y cuando estés frotando toda tu piel con arena repetirás “A la una y a las tres, del derecho y del revés” cincuenta veces, ni una más. Y tras decirlo cincuenta veces sin dejar de frotarte con arena saldrás del agua y te vestirás con ropas todas de lino blanco y vendrás aquí.

El joven así lo hizo y la siguiente luna llena llegó a la cabaña de la bruja vestido de lino blanco y le entregó el saquito con pelo de su cabeza y uñas de sus manos y de sus pies. La bruja lo tomó y lo llevó detrás de su cabaña, donde salmodió unos encantos. Cuando reapareció ya no tenía el saquito, pero sí una pequeña planta con hojas verdes y flores cerradas en apretados tubitos blancos que entregó al joven.

—Toma esta rama de cestro —dijo la bruja— y ve a donde está la joven. No te huirá, pero préndete la rama al fajín y obsérvala bien mientras hablas con la joven. Cuantas más veces ella sonría a lo largo de la noche más se abrirán las flores blancas del cestro y así sabrás que todo irá bien. Y si las flores se abrieran del todo dale la rama y despídete hasta el día siguiente y ella ya no te huirá más.

Y el joven así lo hizo y pronto se les vio pasear de la mano por la plaza, riendo juntos. Y una noche la bruja recibió la visita de otra bruja vecina que había oído la historia y mientras tomaban té con pastas la otra bruja le preguntó qué hechizo había usado. Pero la bruja del pueblo solo sonrió por un lado de la boca y no dijo nada, porque si lo hubiera explicado (tal es el poder de las brujas) la historia ya no correría por toda la comarca como corre ahora tal como te la estoy contando yo.

***

P.S. Que el avispado lector o la avispada lectora proporcione la moraleja, si la hubiere 😉