Bueeeno, ya se le pasó el resfriado a Blogalia (hace una era geológica lo menos, contando el tiempo como se cuenta en Internet, donde un día es un año), y yo, mientras tanto, calladita en un rincón. Ya he recibido dos sopapos virtuales de amables lectores que reclaman su dosis, o al menos un cambio en el patrón de electrones que golpea sus pantallas cuando aparecen por estos pagos. El problema es el exceso de ideas. Sí señores y señoras, han leído bien, exceso. Porque tengo la Moleskine llena de notas tomadas a vuelapluma al pasar por mi querido Quad, fuente continua de sorpresas y reflexiones. Y es un lío. ¿Os cuento lo de la V gigante de papel de aluminio rematada por dos enormes esferoides del mismo material que ocupaba toda una sección de césped un día etiquetado como de “arte en el Quad”? ¿O mejor os describo el cuadro interactivo que apareció cuando algunos estudiantes vagos pero avispados dejaron un lienzo en blanco y botes de pintura de bellos colores al lado, con el cartel de “Please dribble”, o sea, “Por favor, chorreen”? El resultado no tenía nada que envidiar a los mejores Pollock.

Quizá pueda describir las bellezas de Lansing, Michigan, ciudad que no visité adrede; preferí quedarme en el hotel, porque en el trayecto desde el aeropuerto pregunté al conductor, ingenua de mí, qué se podía hacer en Lansing. Por aquello del turismo cultural, y porque lo que veía de la ciudad era tan singularmente poco apetecible que quise obtener información de un experto. Ya me entienden. Y claro, cuando el experto me empezó a recitar una lista de las franquicias de restaurantes de comida rápida a los que podía ir para obtener solaz y condumio en un práctico paquete de cartón, decidí que no, que mejor no dedicaba esfuerzo a Lansing. Porque lo que veía a través de las ventanillas de la minivan eran suburbios bastante poco atractivos, tres chimeneas industriales, un edificio blanco con cúpula a lo lejos, y una fábrica de ladrillo con cristales verdes que llevaba el curioso, y casi poético, nombre de “Board of Light and Water”.

A cambio, y durante las tres horas de espera durante el transbordo en el viaje de vuelta, estuve observando a la gente, lo cual es mucho más divertido que observar el aeropuerto de Chicago O´Hare, con una excepción: la increíble, impresionante, magnífica reproducción a tamaño natural de un esqueleto de braquiosauro. Servidora y la minivan hubiéramos cabido cómodamente en su caja torácica, y nos hubiera sobrado espacio para una mesita con refrescos. Menudo bicho.