Miren qué bichito más majo. Es un ejemplar del género Brachinus, que no es un personaje de un tebeo de Astérix, sino un miembro de la muy honorable familia de los escarabajos bombarderos. Por una vez, los biólogos han clavado el nombre: este animalillo tiene un mecanismo de defensa muy particular. Aunque según la especie el mecanismo varía, la versión más espectacular consiste en un chorro de una sustancia irritante, expelida a enorme velocidad y a temperatura de 100 ºC sin exagerar. Además la creatura puede apuntar la manguera con bastante facilidad, así que no quisiera ser yo quien recibiera en un ojo el jeringazo de benzoquinonas hirvientes, thank you very much.

Hasta aquí suelen llegar los libros de texto básicos y los documentales de la 2; todos nos emocionamos con el ingenioso mecanismo del escarabajo bombardero y luego nos ponemos a ver otro documental sobre la vida secreta del oso hormiguero. ¿Y a nadie le pica la curiosidad de saber cómo hace el escarabajo bombardero para cocinar semejante cóctel sin quemarse? A mí sí.

Las quinonas son sustancias usadas en el metabolismo de los escarabajos; están implicadas en la formación de la quitina, esa sustancia dura que recubre el cuerpo de los insectos. Vale, de casi todos los insectos. No es obligatorio usar todas las quinonas producidas en la quitina. Algunas pueden quedar sin usar. Esto viene bien, porque las quinonas saben a rayos: un escarabajo que mantenga una pequeña cantidad de quinonas en su cubierta tiene ventaja, porque un depredador va a decir “aj, puaf, asco, caca”, y aquí paz y después gloria. La evolución trabaja con lo que tiene a mano: si son quinonas, bienvenidas sean las quinonas. De aquí al escarabajo bombardero la ruta evolutiva no es corta, pero es bastante sencilla de imaginar. Veamos el producto final:

El arsenal de este bicho consiste en un reservorio interno en el que desembocan células secretoras que producen, por un lado, hidroquinonas, y por otro, peróxido de hidrógeno (agua oxigenada vulgaris, pa entendernos). Cuando estas dos sustancias se mezclan en el reservorio… no pasa nada. Pero ojo: este reservorio desemboca en una cámara especial tapizada de células que secretan unos tipos de enzimas llamados catalasas y peroxidasas. Estos enzimas actúan sobre el peróxido de hidrógeno, y lo descomponen, muy rápidamente, en agua y oxígeno.

Aquí es donde entra la química básica: cuando el contenido de peróxido e hidroquinonas del reservorio pasa por la cámara, las catalasas y peroxidasas encuentran abundante material para trabajar, y pasan dos cosas: el peróxido se descompone, y las hidroquinasas son rápidamente oxidadas en unos productos de reacción que son, precisamente, las benzoquinonas, esa sustancia irritante de la que hablábamos antes. El oxígeno producto de la reacción genera suficiente calor como para llevar la mezcla a ebullición, así que parte de ella, cosa de un quinto, se vaporiza.

Y aquí es donde entra la física básica (jo, es que hay que saber de todo): la presión generada por el gas cierra la válvula que conecta la cámara de reacción con el resto del escarabajo, y la única salida que le queda a la mezcla hirviente son unas aberturas en el extremo del abdomen del escarabajo. Así que por ahí sale. Voilà el bombardeo.

A mí me chifla este proceso: los detalles se han descubierto hace muy poco, y es apabullante ver cómo la evolución inventó, por así decir, el cohete a reacción antes que nosotros. Vale que el escarabajo no sale volando, pero los cohetes a reacción también aprovechan el peróxido de hidrógeno como combustible.

La pena es que el escarabajo bombardero tiene el dudoso honor de haberse convertido en el penúltimo abanderado de los creacionistas, que son esos cretinos que, como no se molestan en aprender cómo funcionan las cosas, deciden que las ha hecho Dios y que hay que enseñar el Génesis en las clases de ciencia de las escuelas. Costó cosa de diez minutos desmontarles el argumento del escarabajo bombardero (y servidora se lo hubiera ilustrado con un buen chorro de benzoquinonas en ebullición en la nariz, a guisa de ejemplo práctico), pero no haya pánico: volverán, tras haberse pasado unos meses buscando un ejemplo de algo que hoy por hoy todavía no sepamos bien cómo funciona, y lo blandirán triunfantes por todas partes, mostrándose orgullosos de usar a su Dios como un posavasos para la ignorancia y enfureciéndonos a los que todavía nos preocupamos por enseñar, y aprender, las herramientas básicas del pensamiento crítico.

(Gracias a Ciencia 15, cuya entrada sobre las polillas me recordó mi vieja historia de amor con el escarabajo bombardero y me animó a escribir esta entrada)