Raro título me ha salido, a fe. Pero se aplica. Veréis.
De esto hace ya algunos días, al principio de un verano valenciano un poco veleta. Me acerqué un día a Gotham Comics, de la que ya hablé en otra ocasión, a cotillear un poco las novedades. Como siempre que entro a Gotham, tenía prisa y no llevaba idea de quedarme mucho; sólo quería entrar, preguntar por unos títulos, y marcharme.
También como siempre que entro a Gotham, cuarenta y cinco minutos después estábamos aún comparando los méritos relativos de tal o cual dibujante o guionista, felices como perdices. Toni parecía, sin embargo, un poquito ausente. Y al final confesó:
– Me ha pasado una cosa rara.
Hice un ruidito especialmente diseñado para indicar curiosidad e interés a partes iguales, y Toni me contó la historia. Que no deja, es verdad, de ser curiosa.
Antecedentes: Gotham Comics abre, teóricamente, a las diez de la mañana. Digo teóricamente porque, como yo, Toni no es de los que madrugan, y raro es el día que la tienda abre a las diez si la ha de abrir él. Peeero, por circunstancias, un día llegó temprano a la tienda. Con tiempo de sobra para abrir puntualmente. Allá que fue nuestro héroe a levantar la persiana metálica, y fue entonces cuando notó la cosa rara. Que fue que la persiana metálica era azul.
Cuando abrió Gotham Comics, su persiana metálica era azul. Pero los años le añadieron un encaje no especialmente afortunado de los inevitables graffitis urbanos. Esa mañana, los graffitis habían desaparecido, y la persiana, recién pintada, relucía como una joya de esmalte corrugado.
Exploramos las respuestas más obvias: quizá había encargado que la pintaran y le había dado un ataque de amnesia (no), quizá los anónimos pintores la estaban preparando para nuevas pintadas (tampoco, como se vio después cuando no aparecieron pintadas en los días siguientes), quizá los graffitis eran un fallo de Matrix (puaj, no), quizá había una campaña de mejora urbana que se saltó todo el barrio menos una tienda de comics (juasjuas… menos aún).
Tuvimos que rendirnos a la evidencia: en una extraña y encantadora inversión de papeles, alguien tomó a su cargo embellecer Gotham Comics eliminando los graffitis que afeaban su persiana. Quizá en agradecimiento por la amabilidad o los consejos de Toni (quien negará siempre que pueda ser eso porque, en sus propias palabras “si soy un cabrón…”; pero bueno, los demás sabemos la verdad). Quizá por el placer de crear algo bonito. Quizá porque les sobraba pintura azul. No lo sé.
Y si la cosa se detuviera ahí, sería una bonita historia. Pero una persona o personas desconocidas (¿las mismas? ¿otras? ¡Misterio!) des-asaltaron también una tienda vecina de telas y repintaron de blanco las contraventanas de los escaparates. Lo cual empieza ya a parecerse tentadoramente a una especie de mafia buena, que al amparo de la noche se dedica a limpiar, embellecer, blanquear, decorar y, en suma, hacer las delicias de los vecinos del barrio que nos preocupamos algo por su aspecto. Todo con una modestia digna del mejor superhéroe.
Al volver de Gotham, contenta por la historia y lo que decía a favor de la gente capaz de hacer cosas así, pasé junto a una de las ubicuas señales de prohibido aparcar que trufan el barrio. Alguien le había pintado una falsa sombra con forma de árbol, un delicado toque de magia urbana que desapareció con el primer chaparrón travieso del verano. Pero la sombra sigue ahí, bajo el cemento, para los que sabemos verla, para los que apreciamos a los artistas anónimos que añadieron belleza a la ciudad, porque sí.