Hoy ha hecho mucho viento.

Como descripción, la de arriba está a la par con describir la erupción del Krakatoa como “incidente menor”. No ha sido huracán, hay que decir, pero me ha bastado para reclinarme cómodamente en un ángulo de cuarenta y cinco grados y dejarme llevar sin más que mover las puntitas de los pies y usar el maletín del ordenador como vela-timón.

Mientras tanto, ha habido que esquivar hojas, papeles, bolsas, ramitas pequeñas, frondas de palmera, dos chihuahuas, y una cantidad variable de objetos sin identificar que, atrapados en las rachas de viento, veían mundo sin demasiadas ganas. Tres farolas en un cruce especialmente ventoso han acabado pulidas como el charol por el polvo en suspensión, que ha arrancado toda la pintura y de paso ha grabado en una de ellas “la ventolera estubo aquí” (nadie dijo que el viento supiera ortografía). A veces era como navegar entre un mar de tentáculos transparentes pero sólidos, y a veces como navegar entre un mar de tentáculos oscuros y finos, salvo que eso era mi pelo, explorando todas las posibilidades de enredamiento disponibles. Han resultado ser muchas.

Estos días suelen dejar el cielo de un azul acrílico, el aire cristalino, y una luz de un dorado pálido, brillante y apetitosa como el caramelo. En los ratos en que he podido mirar, efectivamente ha sido así.

No sé muy bien por qué he querido hablar del viento que ha hecho hoy. Quizá porque a mediodía, andando por la calle de vuelta a la oficina, una ráfaga especialmente fuerte se ha encarado conmigo y ha querido detenerme. Cuanto más intentaba avanzar, más insistía ella en que no. Y durante un momento no había más que luz de sol, y presión contra la piel, y aletear de telas, y fuerza contra fuerza, y el rugido del aire en los oídos. Y me he echado a reír.