Caray, qué plosma está el mundo real últimamente… Cuando tengo tiempo no tengo ganas y viceversa (ya, ya, la vieja excusa, a nosotros nos vas a engañar, que ya nos conocemos…) Ejem.

El caso es que un día, por no hablar del tiempo ni de la salud ni de los últimos avances en astronomía (que para eso ya hay otras y mejores bitácoras que la mía), fui y cometí la estupidez de leer el periódico del campus a ver si me inspiraba, y creo que desde entonces se me cortocircuitó la neurona. O quizá fuera alguna noticia en un tablón de anuncios, como esa en la que un grupo de sordos (¿o ahora se dice “auditivamente diferentes”? Me pierdo)… Um, un grupo de sordos, decía (estoy que me voy por las ramas hoy), andaba protestando por un reciente avance médico (implante coclear o algo así, no recuerdo) que permitiría recuperar la audición a algunos de ellos, sobre todo niños. Se oponían al tal avance porque, decían, suponía una amenaza para la cultura de los sordos. O el hecho diferencial de la cultura sorda. O algo así.

Estoy tentada de decir “only in America”, pero sería mentira, cosas así y peores pasan en más sitios. La cuestión es que tras leer esto me fui a dar una vuelta, porque aunque el tiempo sigue frío y lluvioso ya hay cierta anticipación bélica de la primavera. Lo de bélica lo digo con toda premeditación, porque hay algo primigenio y rabioso en la primavera. Cuando se dice que “estalla”, la metáfora no es al azar. Se advierte un nerviosismo generalizado; desde los moscardones a las plantas, todo está en un estado latente de anticipación lúbrica. Los árboles han perdido la pureza afiligranada del invierno: el entrelazado de ramas contra el cielo gris ha perdido nitidez, deformado por los bultos de las yemas, que en cualquier momento reventarán (otra metáfora pirotécnica y adecuada) en tiernas frondas de hojitas verdes y cobrizas, relucientes como el charol, o en espectaculares flores blancas y moradas de pétalos carnosos, espolvoreadas de polen agresivamente amarillo. Todos, menos un árbol que vi esta mañana, que emitía un curioso chirrido como de aceite hirviendo. Mirándolo, no vi otra cosa que ramas desnudas, abotargadas de yemas, hasta que pasó un coche, y las yemas desplegaron unas alitas redondeadas y echaron a volar entre chirridos histéricos, y el árbol quedó desnudo de nuevo, devuelto al invierno.