La serie de ciencia ficción favorita del ilustre pjorge es The Prisoner. Y durante un tiempo le di la razón, a pesar de que se me hacía muy cuesta arriba aguantar la eterna expresión pre-estornudo “entrecierro los ojos para demostrar que soy un duro hombre de acción” de Patrick McGoohan. Pero El Prisionero tenía una premisa extraordinaria, imaginativa y atrevida, y un desarrollo misterioso en el que, muy al estilo británico, se explicaba poco o nada y la explicación para cada episodio quedaba para la imaginación del espectador y el eterno regocijo malévolo de los guionistas.
Seamos serios: contra toda la mediocridad prefabricada que aparece regularmente en la pantallita, resultó un gran alivio ver una serie en la que los títulos de crédito del principio eran lo más sensato y lógico de cada episodio. El protagonista, el misterioso y arisco Número 6, se encontraba de golpe y porrazo en una isla que más parecía un sueño lisérgico que un lugar de verdad (y deliciosamente resulta ser un lugar de verdad), entre gente vestida con ponchos chillones, en una mezcolanza de la Belle Epoque y lo peor de los setenta. En cada episodio Número 6 intenta escapar de la isla y no lo consigue. No hay más. Pero también en cada episodio el guión asesta unos golpetazos tremendos a conceptos como el libre albedrío, el arte, la democracia, y la sociedad. Añádase el genial y surrealista hallazgo de la misteriosa pelota blanca que, rebotando alegremente cual nubecita y emitiendo un horripilante chillido, acababa siempre por capturar al protagonista en sus intentos de fuga; apuesto a que la dichosa pelota provocó pesadillas a más de un joven e impresionable telespectador.
La serie, justo es decirlo, ha envejecido mal. Pero a la vez su concepto, premisa, e ideas no han envejecido en absoluto y sigue siendo una de las series más valientes y originales jamás emitidas.
Aun así, como serie británica extraña y original, prefiero Sapphire and Steel, hija de la imaginación de P.J. Hammond y emitida a principios de los 80. Si os digo que es más rara e incomprensible que The Prisoner, que tiene menos presupuesto, y que explica todavía menos, a lo mejor pensáis que estoy mal de la cabeza. A lo mejor tenéis razón, sobre todo al ver la increíblemente pobretona y confusa introducción de la serie en los créditos. Pero qué le vamos a hacer; tengo debilidad por lo raro.
Ahora es cuando yo debo contar qué pasa en Sapphire and Steel, y es cuando no puedo. Porque nadie lo sabe muy bien, la verdad. Básicamente, los protagonistas, que se llaman, sorprendentemente, Sapphire (Joanna Lumley, ná menos) y Steel (David McCallum, otro que tal), son una especie de… agentes, supongo, encargados de arreglar problemas con el Tiempo. Tiempo, con mayúscula, que en la serie es tratado como una entidad consciente y malévola que se pasa el rato queriendo fastidiar a la gente haciendo varias y diversas cositas malas y, a veces, tremendamente inquietantes. No sabemos realmente quiénes son los agentes, de dónde vienen, de donde sacan sus extraños y variados (e inconsistentes) poderes, si son o no humanos, qué es ese Tiempo contra el que luchan, y por qué el Tiempo quiere hacer las cosas tan raras que hace. No sabemos, de hecho, nada.
Como he dicho, la serie tiene todavía menos presupuesto que The Prisoner, y muchos de los vicios de los ochenta; el vestuario de Sapphire es como para salir corriendo. No hay exteriores, salvo un terrado. El resto son decorados. Sólo hay sonido ambiente, con un ambiente muy claustrofóbico. No hay efectos especiales dignos de mención; los malos de la primera historia son, os lo juro, dos luces de linterna. En otra de ellas, Steel es atacado por un almohadón. Se ven los hilos. Pero de algún modo no puedes dejar de mirar. El ambiente es tan extraño, las historias tan raras y evocadoras, y los actores tan buenos, que aunque sólo sea como desafío, quieres ver qué pasa, entender la extraña relación entre Steel, seco y autoritario, y Sapphire, más amable y diplomática en apariencia. En apariencia, porque ambos agentes, a pesar de salvar el mundo a menudo, lo hacen con una sangre fría a veces francamente cruel; otro punto a favor de la serie, de hecho, por no darnos una pareja protagonista perfectamente heroica.
Fantasmas en estaciones abandonadas, rimas infantiles que roban personas, hombres sin cara que atrapan a gente en fotografías, cada episodio es diferente y en cada episodio no se hace absolutamente ninguna concesión al espectador, nadie mira a cámara para contarte qué está pasando, y en los curiosos, lacónicos diálogos entre los protagonistas raras veces se incluye un servicial “Como sabes, Steel, para salvar el mundo esta vez tenemos que [rellénese la línea de puntos]”. Da igual; la mayoría de los actores suple cualquier carencia en efectos especiales, los guiones tienen interés y buen ritmo, la música incidental es sorprendentemente efectiva, algunas de las imágenes de la serie podrían dar pesadillas a Mulder…
The Prisoner es más espectacular, Doctor Who (recordadme que en algún momento os hable de esta maravilla) es muchísimo más variada y entretenida. Pero Sapphire and Steel es la más extraña de todas las series jamás producidas. Y sigue teniendo aficionados: es buena señal saber que la gente sigue dispuesta a ver ficción inteligente.