He de llevar a cabo el ritual. He aquí lo que debo hacer:

Echo sobre mis hombros una túnica blanca, que me identifica y protege. Abro un compartimento del que extraigo las joyas que necesito: dos anillos, de pálido color verde jade. Uno para cada mano. Están marcados con signos que los hacen míos, y tienen el poder de detectar peligros invisibles. Son mis manos las que van a tocar los elementos del ritual; son ellas, pues, las que necesitan protección. Deslizo los aros en mis dedos y los contemplo unos instantes, meditando sobre su extraño poder. Saco ahora del compartimento una placa negra y plateada que ajusto a mi túnica. Tiene la misma función que los anillos, pero se coloca sobre el corazón: no como armadura, sino como delatora. Su función es también detectar el mal. Mi armadura es el conocimiento que poseo como iniciada, el conocimento de las precauciones que debo tomar. Estas baratijas no son sino heraldos, guardianes de la pureza de mis métodos. Sólo más tarde darán su sentencia. Pero ahora debo llevarlas conmigo, como testigos mudos.

La Cámara está lista, proporcionando algo más de protección. El enemigo al que debo enfrentarme es insidioso: una fuerza invisible, intangible, detectable sólo por los objetos que me adornan y por ciertos ingenios que me dispongo a utilizar. Pero no por mí. Si fallo en mi propósito y la fuerza invisible me alcanza, no sentiré nada, pero el precio a pagar será, quizá, una muerte lenta y horrible. Pero no debo pensar en eso ahora: conozco el ritual, conozco los elementos que necesito y las precauciones que debo tomar. He elaborado, con agua pura y extrañas sales, los filtros necesarios para purificar el Objeto. Me esperan en sus recipientes, fieles compañeros de mi misión. Al calor me espera el Objeto, inmerso en solución activa. Casi quiero imaginar que percibo las oleadas de energía maligna escapando del recipiente, buscando mi corazón, las cavidades ocultas de mi cuerpo en las que desatar su furia destructora, pero sé que no hay nada que percibir, y que es un atisbo de miedo el que me hace imaginar que siento un extraño temblor atravesar mi carne. No. Tomo el recipiente y lo vuelco en una urna diseñada para contener la terrible energía maligna.

El Objeto, una fina lámina blanca y semitransparente, permanece pegado al fondo, manchado y contaminado y letal. No he de derramar ni una sola gota. Limpio con cuidado el resto de solución que permanece temblando en el labio del recipiente, y me deshago del tejido usado para ello, con movimientos rápidos pero precisos. La prisa no es mi aliada: un tropezón, una torpeza, y la fuerza destructora podría desatarse más allá de las barreras que de momento todavía la contienen. Las soluciones purificadoras entran en acción, una tras otra, agitando, lavando, arrastrando con ellas los restos de la energía maligna. Poseo un arma poderosa: una caja con un cetro que ruge como mil furias al encontrar restos de la fuerza malévola que intento erradicar. Con ella me aseguro de que nada ha rebasado los confines de la Cámara.

La espera es larga: las soluciones deben actuar el tiempo necesario para realizar su función, y mientras tanto soy impura, no debo tocar nada. El cetro me dice que estoy limpia, pero el ritual exige llevar la precaución a niveles exagerados, y así es como debe ser. Así que permanezco allí, alejada, esperando que los líquidos arrastren consigo los últimos restos del mal. Finalmente, completo el ritual: el Objeto ha sido purificado, y por fin podremos saber qué enigma encerraba. Una caja plana hecha de plomo y acero lo encierra y nos protege. Las joyas vuelven a su sitio: tiempo vendrá en que sus secretos serán escrutados y sabré si en algún momento cometí un fallo, si llevo dentro de mí el poder destructor del mal. Pero eso quedará para otra ocasión.

La Ley de Clarke dice: “Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”.

La Ley de Daurmith dice: “Si lavas una membrana radioactiva un lunes por la mañana, procura no tener un teclado cerca porque te pueden dar ataques como este.”