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Historias del Olmo: guerra

Historias del Olmo: guerra

El Olmo también tiene una historia de la Guerra Civil.

Estamos en 1937. Quizá fuera 1938. Navajas sigue en zona republicana y el bando nacional bombardea la vía del tren. A algunos kilómetros del pueblo la Línea XYZ resiste, y resistirá hasta el final de la guerra. El pueblo va tirando, más mal que bien, pero va tirando: la guerra es una parte horrible de la vida cotidiana para los que quedan en él, pero aún queda alguna vida. La Plaza del Olmo es escenario de conversaciones frente a un chato de vino, bajo el sol otoñal, e incluso cuando el invierno corta la piel la gente se reúne bajo las ramas desnudas del Olmo a intercambiar noticias e historias. Venid, vamos a acercarnos.

Allí está el tío Algüera, fumando como siempre: cigarrillos liados a mano, aunque lo que más le gusta en la vida es fumar puros. Cuanto más largos mejor.

—Como d’aquí al Baño —dice expansivo desde su altura, abriendo los brazos en un gesto que quiere abarcar los dos kilómetros que separan al pueblo del Balneario de la Fuente del Baño, ahora en desuso—. Como d’aquí al Baño y con closas p’a aguantalos.

—Miaqueres sagerao —le dice el tío Rafel «el Caparra», que ha llevado los pesados palos, las closas, que aguantan el anda de la Virgen en las procesiones para descansar a los porteadores. Ha enviudado y busca más la compañía de la Plaza. Se apunta a todas las conversaciones que encuentra; cualquier cosa que le ayude a ahuyentar el silencio de su casa.

—¿Sagerao? ¡De aquí al Baño! —insiste el tío Algüera, regodeándose en la visión de su paraíso particular—. Y a cada pipá, ¡closa al suelo!

El tío Algüera encuentra placer contando esas historias, como un Barón de Munchausen alto y seco en un pueblo perdido del Alto Palancia. La tarde se agota en estas y otras consejas. Rafel «el Caparra» se vuelve a su casa en la Plaza del Olmo y espera a que llegue el sueño.

El sueño no llega: es un invierno muy frío, hay muy poca leña, la lucha cercana es un cable que tiene al pueblo amarrado a una vigilia semiconstante: Rafel «el Caparra» se arrebuja bajo tres mantas de lana densa, apelmazada, fría. No logra entrar en calor.

Y como no está dormido, oye que en lo cerrado de la noche hay gente en la Plaza del Olmo.

Rafel «el Caparra» se echa por encima chaqueta y bufanda. Un grupo de milicianos, sin molestarse en hablar en voz baja, discuten algo bajo de su casa. Rafel sale al frío erizado para verlos: soldados, tiznados de fuegos de campamento, con los rostros pasmados por la helor. Señalan al Olmo, a las ramas desnudas pero generosas, que llegan hasta las fachadas de las casas cercanas.

Rafel se acerca.

—¡Yé! —dice a media voz—. ¿Que qué misión traéis?

En la Comarca no se pregunta qué haces. Se pregunta qué misión traes, como si tuviéramos costumbre de recibir a aventureros en pos de gloria y épicas búsquedas de tesoros.

Los milicianos miran la figura arrebujada. La misión que traen está clara: tienen frío, llevan tiempo sin sacarse el hielo de los huesos. Hay una guerra; cada uno toma lo que puede como puede. Quieren calentarse, y ahí hay un hermoso árbol con buena madera dura que arderá bien y les calentará durante mucho tiempo.

—Vamos a cortar este árbol.

El Caparra mira a los jóvenes. Al Olmo no necesita mirarlo. El frío de la noche le parece de pronto más soportable que el frío que se ha instalado en su estómago, en su garganta.

—A ver —dice—. Yo creo que esto podemos arreglarlo.

Es invierno, hay una guerra. En una noche helada, Rafel «el Caparra» negocia en voz baja por la vida el Olmo con un grupo de milicianos.

***

Al día siguiente el Olmo sigue en su peana, gris y majestuoso. Rafel «el Caparra» no ha ido al bar a tomarse su chato de vino con el almuerzo.

—¿Ánde anda Caparra? —pregunta el tío Algüera. Le responden voces y gestos vagos, nadie lo tiene muy claro. Que si lo han visto por el monte con un carro. Que si lo han visto hablando con unos y con otros. Que si ya contará.

Pero Rafel «el Caparra» nunca contó. No se sabe cómo consiguió la leña para que los milicianos se calentaran. Quizá tenía algunas reservas aún para él, quizá pasó un invierno amargo, acurrucado bajo las mantas en una casa gélida y sin luz. Quizá les llevó leña de otro sitio o les enseñó otros árboles. Pero los milicianos no volvieron a por leña para el fuego. El Olmo echó nuevas hojitas verdes en primavera y durante todas las primaveras que vinieron después.

Porque el Olmo de Navajas calienta el corazón de los hombres, pero no convertido en ascuas. Y Rafel «el Caparra» lo sabía.


Esta es la tercera de las Historias del Olmo. La razón de estas historias la tenéis en esta entrada: estamos apoyando al Olmo de mi pueblo para que se convierta en Árbol Europeo del Año. Cotillead este mismo blog, el resto de historias andan por aquí.

¡Gracias por leer! Puedes votar el árbol que quieras en este enlace; solo necesitas un correo electrónico válido y no ser un robot.

La autora:

Daurmith

Me gustan la ciencia y la ficción. Y ahora mismo me caes muy bien tú. Sí, tú.

1 Comentario

  1. Olatz Idirin Hurtado

    perder a su mujer y al Olmo ya sería demasiado :___)

    Responder

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