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	<title>fósiles archivos &#8226; Daurmith</title>
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	<description>El blog de Daurmith sobre ciencia y ficción</description>
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		<title>El rastro en la piedra</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Daurmith]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 29 Nov 2025 10:00:00 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Mirar cosas puede ser muy aburrido si siempre vas buscando el máximo impacto y muy entretenido si disfrutas del proceso</p>
<p>La entrada <a href="https://www.daurmith.com/ficcion/el-rastro-en-la-piedra/">El rastro en la piedra</a> se publicó primero en <a href="https://www.daurmith.com">Daurmith</a>.</p>
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<p>El otro día estuve en una exposición de dinosaurios.</p>



<p>A mí me pasó de largo la fase de dinomanía. Sí, claro, me encantaban, como a cualquiera, esos bichos grandes y extraños, coleccionables como cromos, pero mi interés estaba más en los bichos vivos. Nunca memoricé el largo listado de nombres y tipos de dinosaurios, para mí solo aproximadamente conocidos y nunca cognoscibles.</p>



<p>Pero me encantan los dinosaurios porque existieron, porque son preciosos, porque fueron impresionantes. Al menos lo que sabemos de ellos.<a href="https://www.flickr.com/photos/daurmith/54926355225/"></a><a href="https://www.flickr.com/photos/daurmith/54926355225/"></a><a href="https://www.flickr.com/photos/daurmith/54926355225/"></a><a href="https://www.flickr.com/photos/daurmith/54926355225/in/album-72177720330390911"></a><a href="https://www.flickr.com/photos/daurmith/54926355225/in/album-72177720330390911"></a></p>



<p><a href="https://www.flickr.com/photos/daurmith/54926355225/"></a>Lo que sabemos de ellos, en el caso de la exposición, se plasmaba a través de una docena larga de reproducciones científicas de esqueletos dramáticamente iluminados. También había algunos fósiles reales de plantas o pequeños dinosaurios. La estrella de la exposición era el esqueleto de un <em><a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Patagotitan_mayorum">Patagotitan mayorum</a></em>: un bicho realmente colosal, que nos miraba con cierta condescendencia desde el nivel superior del Caixa Forum de Valencia.</p>



<p>El público deambulaba de esqueleto en esqueleto, siguiendo dócilmente el recorrido hasta llegar al piscolabis de la inauguración. Había admirados «Ooohs» ante el fémur del <em>Patagotitan</em>, y momentos de interés viendo ejemplares más pequeñitos, del tamaño de palomas, compartiendo espacio con bicharracos tremendos (el <em>Patagotitan</em> medía unos 12 metros de altura, pero muchos de los otros tampoco es que fueran bajitos). El interés era genuino pero fugaz, saltando de dentadura en dentadura, de costillar en costillar, de garra en garra. Yo estaba interesada, sí, pero también preguntándome cosas.</p>



<p>Por ejemplo, pensaba en hasta qué punto la necesidad de generar experiencias, de apabullar con impactos, de atrapar una atención que cada vez parece reducirse más, cual pastilla de jabón gastada, podía estar haciendo un flaco favor a una niña con coletas que, tras emitir ruiditos de gozo al ver los tres dinosaurios pequeñitos, pasó mirando de reojo tres esqueletos más para centrarse en uno muy alto de cola muy larga.</p>



<p>Estoy siendo poco generosa: esa niña, por el hecho de serlo, tenía más posibilidades de ser mordida por el dinosaurio de la curiosidad científica que muchos de los adultos que por allí paseaban desganados. Y me incluyo. Porque durante un rato estuve distraída y miraba cada cráneo buscando el más grande, el más aterrador, el más espectacular. Aburrida de tanto buscar superlativos.</p>



<p>El tiempo es una cosa maravillosa. Es una especia exquisita, de esas que sin tomar el protagonismo dan al plato el punto perfecto. Darte tiempo para mirar un fósil (o un cuadro, o un insecto, o una frase) permite que el cerebro se calme. Y una vez dejas de esperar una superproducción cinematográfica en cada vitrina, puede ser que empieces a ir por derroteros bastante más hondos y poderosos.</p>



<p>Pensaba en eso viéndome a mí misma deambular sin rumbo entre impresionantes bestias patagónicas extintas. Pensaba en eso unos días más tarde mientras tomaba la foto de más arriba, pisando las losas frente a la catedral de Tarragona y viendo en ellas el rastro milenario de vida marina, tan parecida y diferente a la actual. <em>Caracolas, bof, vaya, que sosería</em>, decía mi cerebro empapado de superlativos. <em>Caracolas, había caracolas, y esta piedra no era una piedra, era un lugar bajo en el agua, toma ya transformación</em>, decía mi cerebro pensando un poco más allá, encandilado por los trazos dejados en piedra, catando apenas el placer de quedarse pensando porque teníamos que ir a otro sitio. Pero sabiendo que estaba ahí, a mi alcance. Y que seguiré buscándolo.</p>



<p></p>
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