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	<title>viajes archivos &#8226; Daurmith</title>
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	<description>El blog de Daurmith sobre ciencia y ficción</description>
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		<title>Peripatético</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Daurmith]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 02 Nov 2019 16:41:40 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Divagaciones]]></category>
		<category><![CDATA[aeropuertos]]></category>
		<category><![CDATA[ayuda]]></category>
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		<category><![CDATA[pérdida]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>A veces los viajeros nos necesitamos mutuamente.</p>
<p>La entrada <a href="https://www.daurmith.com/ficcion/peripatetico/">Peripatético</a> se publicó primero en <a href="https://www.daurmith.com">Daurmith</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p>Los aeropuertos son un mundo entremedias del resto de los mundos, un solo lugar repartido entre muchos lugares y que tiene sus propias reglas. Generalmente es un mundo al que llegas cansado y del que te vas cansado, te guste o no tu origen o tu destino.</p>



<p>También son mundos diseñados para moverte en patrones predecibles, para llevarte dócilmente a tu destino a base de una estudiada señalética que aún así, a veces, falla.</p>



<p>Estaba yo en la T4, de vuelta de <a href="https://naukas.com/2019/09/06/programa-definitivo-de-naukas-bilbao-2019/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">Naukas Bilbao</a>, en una conexión de esas lo bastante largas para comer tranquila pero no tanto como para desesperar de la vida. La T4 del Aeropuerto MadridBarajasAdolfoSuárezLagartoSpock es una terminal que odio cordialmente; es bonita pero atosigante, con sus destinos allá en el horizonte a los que pareces no acercarte nunca y la falta de enchufes para recargar el rectangulito de distraerte correspondiente. Pero yo volvía bastante satisfecha de la zona central, con la tripa llena de caldo dashi y dim sun, encarando con optimismo la expedición al extremo de columnas azules donde, con un poco de suerte, me esperaba mi avión a casa.</p>



<p>Una de las cosas que menos quieres que pase en un aeropuerto es que te hable un extraño. Pero una extraña me habló: una señora ya asentada en la séptima década de vida, que muy amablemente me pidió usar mi teléfono para llamar a su marido.</p>



<p>—Es que estábamos juntos en la puerta de embarque y ahora no lo veo, me he debido despistar.</p>



<p>Le dejé mi teléfono, me lo devolvió para que lo desbloqueara y marcara el número que ella me dijo. Se lo volví a dejar. Lo tomó como si fuera radiactivo, tocándolo apenas y manteniéndolo alejado de la oreja.</p>



<p>—¡Antonio*! —dijo, quejosa—. Antonio, ¿dónde estás, que ahora no te veo?</p>



<p>Antonio dijo algo ininteligible mientras la señora, a la que llamaremos Rosa, explicaba varias veces que no lo veía y le preguntaba dónde estaba. <em>En la puerta de embarque</em>, sonó alta la voz de Antonio por el auricular.</p>



<p>—Ay, me he debido despistar —me dijo Rosa, mientras Antonio hablaba todavía, sonando como un ratoncito preocupado en la distancia—. Ya voy, Antonio. Ahora voy, Antonio.</p>



<p>Rosa me devolvió el teléfono deshaciéndose en agradecimientos. La inexistente lógica de la situación me hizo quedarme mirando un rato cómo Rosa se perdía en la distancia color miel de la T4, trazando eses indecisas de una puerta a otra.</p>



<p>Miré las pantallas de la terminal, encontré mi puerta de embarque y no hice nada. Me quedé mirando cómo Rosa se alejaba más y más hacia el otro extremo de la terminal, donde las columnas viraban a la gama cálida en un extraño desplazamiento al rojo peatonal, pasando ampliamente la zona en la que nos habíamos conocido.</p>



<p>Mi teléfono sonó.</p>



<p>—¡Rosa! —dijo Antonio—. ¿Dónde estás, Rosa?</p>



<p>—Antonio —dije, con esa familiaridad que nace de compartir una crisis—, ¿cuál es su vuelo, a dónde van?</p>



<p>—A Budapest**.</p>



<p>—¿Está usted en su puerta de embarque?</p>



<p>—Yo sí, pero no veo a Rosa.</p>



<p>Miré de nuevo las pantallas buscando el vuelo de Antonio y Rosa. El vuelo, y Antonio, estaban a dos puertas de distancia. Rosa distaba ya lo menos cinco.</p>



<p>—No se mueva de ahí —dije al teléfono—. La estoy viendo; ahora vamos.</p>



<p>Una carrerita me puso de nuevo delante de Rosa, que se encaminaba muy decidida a la zona de embarque de vuelos transatlánticos.</p>



<p>—Espere, la acompaño a la puerta —dije. Rosa, que no parecía preocupada, sonrió de oreja a oreja.</p>



<p>—Ay, muchas gracias. Es que mire, iba andando y no sé cómo…</p>



<p>—Es ahí mismo —dije, y maniobré astutamente para corregir el rumbo de Rosa.</p>



<p>Cerca ya de la puerta de embarque un señor muy bajito, delgado y con un inesperadísimo y enorme sombrero de cowboy de cuero vino directo hacia nosotros con expresión preocupada y aliviada a la vez.</p>



<p>—¡Rosa! Rosa, hija, ¿dónde habías ido?</p>



<p>—¡Creía que estaba en la puerta! —dijo Rosa, y remachó su versión de los hechos—. Me he debido despistar.</p>



<p>—Muchísimas gracias —dijo Antonio, coreado por Rosa—. Qué amable.</p>



<p>Hice ruiditos de «No es nada, faltaría más, es fácil perderse», mientras ellos me contaban lo de su viaje a Budapest, que eran de Huelva***, que tienen un supermercado muy conocido entre los vecinos****, que si alguna vez voy por allí pregunte por ellos y enseguida los encontraré. Me enteré del número de hijos que tenían, del nombre de cada nieto y repasaron dos veces con mucho cuidado los motivos de su viaje a Budapest para asegurarse de que lo entendía todo bien.</p>



<p>Tuve que correr para tomar mi vuelo. Pero mereció la pena.</p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity"/>



<p><em>*No se llama Antonio.</em></p>



<p><em>**No iban a Budapest.</em></p>



<p><em>***No son de Huelva.</em></p>



<p><em>****Esto sí que es verdad.</em></p>
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		<title>La mente viajera</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Daurmith]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 18 May 2017 20:13:21 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Divagaciones]]></category>
		<category><![CDATA[Bruselas]]></category>
		<category><![CDATA[fútbol]]></category>
		<category><![CDATA[idioma universal]]></category>
		<category><![CDATA[kamikaze]]></category>
		<category><![CDATA[suicida]]></category>
		<category><![CDATA[taxi]]></category>
		<category><![CDATA[viajes]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Un día en la vida de mis viajes.</p>
<p>La entrada <a href="https://www.daurmith.com/ficcion/la-mente-viajera/">La mente viajera</a> se publicó primero en <a href="https://www.daurmith.com">Daurmith</a>.</p>
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<p>Más a menudo de lo que es molón reconocer me encuentro viajando a horas intempestivas. Vas por un aeropuerto que no sabes si es este aeropuerto o aquel aeropuerto, buscando las indicaciones de los taxis o el parking o el aparcamiento de unicornios&nbsp;o cualquier otra cosa, con medio cerebro pensando en camas y almohadas y el otro medio asegurándote cada dos minutos que sí, que llevas la maleta, que sí, que es <em>tu</em> maleta, y que además sabes en qué ciudad&nbsp;estás. Esto último es cierto quizá un 60% de las veces. Desventajas de los aeropuertos y su previsibilidad.</p>



<p>Luego haces la cola para tomar un taxi, avanzando en un <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Bustrofedon" target="_blank" rel="noreferrer noopener">bustrófedon</a> de maletas y de gente tan helada y soñolienta como tú, hablando en idiomas que sospecho se han inventado solo para fastidiar y despistarme. Un señor muy activo con chaleco amarillo habla a mil por hora con los taxistas y la gente que va a por taxis, y todos se entienden entre sí y yo tengo problemas para recordar si hay que decir buenos días o buenas tardes. Creo que son días. Creo que aún llevo la maleta.</p>



<p>El señor del chaleco amarillo me dirige hacia un taxi muy grande como quien espanta&nbsp;gallinas en un corral, agitando mucho los brazos. Yo digo <em>good morning</em> y el taxista dice <em>bonjour</em> y ya la hemos fastidiado.</p>



<p>—Bonyúr —digo en correctísimo francés de l&#8217;Horta(*)—, a lotel du Tantan(**) sibuplé.</p>



<p>—Ah, parlez-vous français?</p>



<p>—Non —digo, mirando de hito en hito cómo el taxista pone mi maleta en el maletero, donde parece perdida en la inmensidad tapizada pero al menos no se volatiliza, como siempre temo que haga—. Bueno, sí. An petipé.</p>



<p>Debo estar en Bruselas porque el taxista acaba de acelerar a unas 3 gs mientras habla por teléfono en algún idioma que suena a azulejos y cardamomo. Yo abrazo mi mochila con mucho amor e inminente nostalgia por las cosas perdidas mientras el taxista ametralla la conversación sin dejar de zigzaguear entre el tráfico, colándose por las cunetas y pisando dobles líneas de la carretera como si fueran enemigas personales. Luego decide que debe ser sociable, así que sube el volumen de la radio, que habla de lo mal que está el tráfico, y me pregunta de dónde soy, dándose la vuelta para mirarme mientras se cuela entre dos camiones con medio centímetro de espacio por cada lado.</p>



<p>—Spain —digo. Mi laconismo es porque estoy intentando que el café de aeropuerto que llevo dentro no salga a ver mundo. Hablo en&nbsp;inglés porque el pánico ha bloqueado todo mi cerebro salvo las funciones más reptilianas, una de las cuales dice «No distraigas al kamikaze hablando idiomas raros».</p>



<p>—Ah, Spain! —dice alegremente y creo que se pone a hablar en inglés. Luego traza una ese que hace que mi maletita se deslice y pegue, <em>fusss</em>&nbsp;<strong><em>pom</em></strong><em> fusss <strong>plotof</strong></em>, contra una y otra pared del maletero. Se me ha borrado el inglés que sé y también el poco&nbsp;francés.</p>



<p>—Símfgbrf —digo, clavando la mirada en el infinito. El infinito son edificios de oficinas. Que dónde en España, dice ahora el taxista, ignorando con elegancia al señor al que acaba de cortar el paso y que, airado, se apoya sobre la bocina de su coche.</p>



<p>—Valencia —digo, tragando saliva con dificultad. Ni siquiera intento decirlo con acento. Para qué. Qué sentido tiene, en estos últimos momentos de nuestras vidas.</p>



<p>—Ah, Balensia! —dice el taxista, más contento aún, añadiendo no sé qué mientras me mira por el retrovisor. Yo solo puedo ver que se ha metido en las vías del tranvía y que viene un tranvía justo de cara, repicando la campanita. Digo que sí al azar. Lo mismo es que no.</p>



<p>—Yo Ggeal Madgid —dice el taxista, y añade en perfecto inglés—: best football team, yes? —luego esquiva al tranvía y de paso a dos ciclistas y pega un volantazo que me estampa contra la puerta del taxi.</p>



<p>—Yes —digo fervientemente. Para discutir estamos.</p>



<p>—You Ggeal Madgid?</p>



<p>—Uí. Bucú Ggeal Madgid —en esos momentos soy más del Real Madrid que quien se os ocurra. O del Barça, o de donde haga falta. Pero bucú.</p>



<p>El taxi frena frente al hotel; solo el cinturón me salva de desnarigarme contra el asiento de delante. Han sido pocos&nbsp;kilómetros pero ha transcurrido toda una vida.</p>



<p>El taxista baja y brinca como una cabritilla a recoger los restos de mi maleta mientras yo me desparramo con dificultad fuera del taxi.</p>



<p>—Merci, madame. Bonjour.</p>



<p>—Ala madrí —jadeo con lo que me queda de voz. Retomo el control de mis funciones motoras, consigo asir mi maleta al segundo intento, y me tambaleo hacia recepción.</p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity"/>



<p><em>Notas al pie</em></p>



<p>(*) Nord.</p>



<p>(**) En realidad no.</p>
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