Pues veréis, he de hablaros un poco de mi pueblo: Navajas.

Es un pueblecito en la provincia de Castellón, en la Comarca del Alto Palancia. Os pondría datos pero están todos en Wikipedia. Yo quiero centrarme en un rasgo del pueblo, o más bien en lo que hace al pueblo lo que es.

Si el centro del universo es sin duda un lugar maravilloso excavado en la roca llamado Fraggle Rock, el centro de mi universo es un olmo enorme y viejo que preside la plaza del pueblo. Sí, es un pueblo tan pequeño que decimos «la» plaza, aunque hay, estrictamente hablando, unas cuantas. Pero hay pueblos que tienen plazas y hay pueblos que tienen Plaza. Navajas tiene Plaza, y se llama Plaza del Olmo.

Estoy tan acostumbrada al Olmo que nunca me había planteado lo extraordinario que es, ni lo afortunados que somos por conservar este ejemplar arropado por las casas del pueblo y por el runrún de las conversaciones que hay todos los días bajo sus ramas. Este Olmo (merece la mayúscula y la tendrá a lo largo de estas entradas) es viejo y está viejo. El tronco está hueco y se vence hacia un lado, las ramas están reforzadas por cables y abrazaderas, y recibe los cuidados correspondientes a un árbol monumental que ha vivido más de lo que suelen vivir sus congéneres. Se ha librado de la grafiosis y de mil y un accidentes y cada año reverdece como el jovenzuelo que claramente no es. Y todos en el pueblo latimos al mismo ritmo lento que ese gran corazón verde en verano, dorado en otoño, y delicadamente trazado en gris en invierno que es el Olmo de Navajas.

Por eso, cuando el Olmo fue presentado como candidato a Árbol del Año en España, con la posibilidad de ser Árbol del Año en Europa, voté enseguida. Sin muchas esperanzas: Navajas tiene menos de mil habitantes y fuera del pueblo ¿qué razón puede tener nadie para votar a un árbol que, aunque precioso, no significa nada especial para ellos?

Pero cuando fui a votar el Olmo iba ¡segundo! Claramente ya se estaba corriendo la voz. Y, por si acaso y por ayudar un poquito, pedí ayuda en Twitter. Quizá alguien supiera del Olmo y le pareciera digno de ser Árbol Europeo del Año, pensé. Y el Olmo siguió segundo, y luego primero, y luego segundo otra vez. Y ahí sigue, a veces en cabeza, a veces no, recibiendo cariño de gente que sé de buena tinta que jamás lo ha visto pero a la que le gusta la idea de honrar a un árbol.

A mí también me gusta esa idea y creo que el Olmo merece ser el Árbol Europeo del Año. Y para seguir ayudando como pueda voy a usar este blog para contaros historias del Olmo. Algunas las sé, otras me las han contado, y aunque muchas no son ciertas, tampoco son mentira. El Olmo está tan integrado en la vida del pueblo que yo no era consciente de hasta qué punto es un habitante más del pueblo, así que estas historias son tanto para mí como para vosotros: a veces, al contar una historia, la descubrimos para nosotros mismos.

Así que hasta que finalice el plazo de votación el 23 de noviembre aquí podréis saber más del Olmo. Serán historias pequeñitas; historias de un árbol grande en un pueblo pequeño. Pero es mi árbol y mi pueblo, y si consigo que entendáis lo especial que es esta extraña simbiosis de tres siglos, aunque sea un poquito, me dará igual el resultado de la votación.

Lo cual no os exime de votar, claro está.