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El rastro en la piedra

29 de noviembre de 2025

El otro día estuve en una exposición de dinosaurios.

A mí me pasó de largo la fase de dinomanía. Sí, claro, me encantaban, como a cualquiera, esos bichos grandes y extraños, coleccionables como cromos, pero mi interés estaba más en los bichos vivos. Nunca memoricé el largo listado de nombres y tipos de dinosaurios, para mí solo aproximadamente conocidos y nunca cognoscibles.

Pero me encantan los dinosaurios porque existieron, porque son preciosos, porque fueron impresionantes. Al menos lo que sabemos de ellos.

Lo que sabemos de ellos, en el caso de la exposición, se plasmaba a través de una docena larga de reproducciones científicas de esqueletos dramáticamente iluminados. También había algunos fósiles reales de plantas o pequeños dinosaurios. La estrella de la exposición era el esqueleto de un Patagotitan mayorum: un bicho realmente colosal, que nos miraba con cierta condescendencia desde el nivel superior del Caixa Forum de Valencia.

El público deambulaba de esqueleto en esqueleto, siguiendo dócilmente el recorrido hasta llegar al piscolabis de la inauguración. Había admirados «Ooohs» ante el fémur del Patagotitan, y momentos de interés viendo ejemplares más pequeñitos, del tamaño de palomas, compartiendo espacio con bicharracos tremendos (el Patagotitan medía unos 12 metros de altura, pero muchos de los otros tampoco es que fueran bajitos). El interés era genuino pero fugaz, saltando de dentadura en dentadura, de costillar en costillar, de garra en garra. Yo estaba interesada, sí, pero también preguntándome cosas.

Por ejemplo, pensaba en hasta qué punto la necesidad de generar experiencias, de apabullar con impactos, de atrapar una atención que cada vez parece reducirse más, cual pastilla de jabón gastada, podía estar haciendo un flaco favor a una niña con coletas que, tras emitir ruiditos de gozo al ver los tres dinosaurios pequeñitos, pasó mirando de reojo tres esqueletos más para centrarse en uno muy alto de cola muy larga.

Estoy siendo poco generosa: esa niña, por el hecho de serlo, tenía más posibilidades de ser mordida por el dinosaurio de la curiosidad científica que muchos de los adultos que por allí paseaban desganados. Y me incluyo. Porque durante un rato estuve distraída y miraba cada cráneo buscando el más grande, el más aterrador, el más espectacular. Aburrida de tanto buscar superlativos.

El tiempo es una cosa maravillosa. Es una especia exquisita, de esas que sin tomar el protagonismo dan al plato el punto perfecto. Darte tiempo para mirar un fósil (o un cuadro, o un insecto, o una frase) permite que el cerebro se calme. Y una vez dejas de esperar una superproducción cinematográfica en cada vitrina, puede ser que empieces a ir por derroteros bastante más hondos y poderosos.

Pensaba en eso viéndome a mí misma deambular sin rumbo entre impresionantes bestias patagónicas extintas. Pensaba en eso unos días más tarde mientras tomaba la foto de más arriba, pisando las losas frente a la catedral de Tarragona y viendo en ellas el rastro milenario de vida marina, tan parecida y diferente a la actual. Caracolas, bof, vaya, que sosería, decía mi cerebro empapado de superlativos. Caracolas, había caracolas, y esta piedra no era una piedra, era un lugar bajo en el agua, toma ya transformación, decía mi cerebro pensando un poco más allá, encandilado por los trazos dejados en piedra, catando apenas el placer de quedarse pensando porque teníamos que ir a otro sitio. Pero sabiendo que estaba ahí, a mi alcance. Y que seguiré buscándolo.

Adela Torres "Daurmith"

Adela Torres "Daurmith"

Daurmith es bióloga de formación. Ha pasado las últimas décadas intentando hacer algo útil en sostenibilidad, contando historias de muchas maneras diferentes y disfrutando de todo lo que tiene cerca. Le gustan la ciencia y la ficción porque cree poder distinguirlas, y le encanta la gente amable y que le digan que ha gustado algo de lo que hace.

Puedes encontrarla en Bluesky, Mastodon, Instagram y X

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2 Comentarios

  1. Jesús Güemes

    Me has recordado una que hicieron hace años en el umbracle, era de dinosaurios animatrónicos, con movimiento y ruido. El único problema fue que yo llevé a mi hijo después de varios meses de tener a los muñecos expuestos al sol, su piel había sufrido los rigores de la intemperie, en vez las típicas manchas que salen en las manos con la edad tenían grietas y zonas cuarteadas; el movimiento había perdido vigor, se notaba el incipiente párkinson, cuando el tiranosaurio rex te amenazaba con sus terribles garras lo que veías era una manita atenazada por la artritis, temblorosa; el terrible rugido que debía helarnos la sangre, aterrador, se había reducido a un ruido como de hacer gárgaras.
    Era un poco como visitar a la abuela de 95 años en la residencia, entre tierno y aterrador porque nos hace ver hacia donde vamos.

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    • Daurmith

      Ay, pobrecicos… Pero a lo mejor la senectud mecánica quedaba más verosímil que los alardes aterradores de los cacharros, nunca se sabe…

      Responder

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