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Sanderson de Oundle

30 de diciembre de 2002

Aviso al lector: esta no es una entrada navideña. Ni tampoco es sobre El Señor de los Anillos (ni el libro, ni la película). Ni sobre el Prestige. No aparecen células madre, ni Bush, ni Operación Triunfo, ni Saddam, ni el fútbol. me ha costado mucho apartarme de cualquiera de estos temas, pero tras una tarde de esfuerzo lo he conseguido.
Esta entrada trata sobre Frederick William Sanderson.
FW SandersonNadie conoce a Frederick William Sanderson; ni siquiera yo, hasta hace poco, y esta es quizá una de las cosas más tristes que se pueden decir. Al leer el maravilloso artículo de Richard Dawkins sobre este señor (que procedo a fusilar sin piedad en esta entrada, parafraseando como si no hubiera un mañana), me ha entrado una alegría enorme, mezclada con rabia, por haber llegado tarde al descubrimiento de la vida de alguien que, para mí, eligió una de las profesiones más hermosas que existen: la de maestro.
Sanderson nació en 1857, murió en 1922, y entre ambos años, tras haber aprendido a hablar y a andar y a comer solito y demás habilidades indispensables para la vida, se puso a dirigir un colegio (de nombre Oundle). Por lo cual podemos estar todos muy agradecidos, pero especialmente sus alumnos, que intentaron pagar una pequeña parte de su deuda reuniéndose, allá por los años 20, para escribir la biografía de este extraordinario maestro.
¿Extraordinario por qué? No era un gran orador. Sólo sus sermones se recuerdan, por el entusiasmo mezclado con cierta ironía amarga que destilaban. No era un científico insigne, y en toda su vida jamás hizo un descubrimiento de importancia. Pero tenía una pasión absoluta, fiera, irrefrenable, encaminada a un sólo objetivo: que sus alumnos aprendieran. En el verdadero sentido de la palabra: que entendieran, que amaran, que dominaran a la perfección los conceptos que se les enseñaban.
Esto lo sienten muchos profesores. Pero pocos como Sanderson enfocaron la enseñanza de manera tan directa y atrevida; y tampoco es que tuviera unas técnicas pedagógicas revolucionarias. Sencillamente, creía con una intensidad pasmosa en la belleza del aprendizaje, y jamás puso traba alguna al deseo de aprender de sus alumnos, incluso cuando dar tantas facilidades llevaba a decisiones algo imprudentes. Los laboratorios de Oundle jamás estaban cerrados. Los alumnos tenían libre acceso a todos los instrumentos y a todos los reactivos que quisieran, incluso a algunos que podían resultar peligrosos. A Sanderson no le importaba que se rompieran las cosas: para eso tenía los mejores talleres del país, donde los alumnos aprendían a reparar lo que se rompía y a entender cómo y por qué funcionaban los aparatos que usaban. Uno de los alumnos dañó una parte delicada de una máquina: su castigo fue realizar un estudio sobre la fabricación y el uso de esa pieza en particular, redactar un informe, y explicar el informe a Sanderson.
Esta situación no podía durar, ni siquiera en aquella época (no digamos ahora, con las draconianas medidas de seguridad que impiden que los alumnos manejen algo más que agua destilada y ácido tartárico en los laboratorios). De modo que los laboratorios y talleres se cerraron. Los alumnos de Oundle demostraron entonces el poder que tiene transmitir pasión por aprender: se dedicaron a un estudio intensivo de las cerraduras. Pronto no hubo puerta cerrada en todo el colegio que se les resistiera, ni de los laboratorios ni de habitaciones privadas, y pronto todos los recursos de Oundle fueron puestos de nuevo al subrepticio pero fructífero servicio de los alumnos, con el añadido de que ahora los estudiantes clandestinos, sabedores de que no se les permitía estar allí, procuraban borrar toda huella de su presencia y dejarlo todo perfectamente ordenado al terminar.
Naturalmente, los alumnos pensaban que Sanderson no tenía ni idea de estas incursiones. Naturalmente, estaban equivocados, como descubrieron para su sobresalto cuando Sanderson, reventando de orgullo, contó toda la historia a los padres.
En otra ocasión, Sanderson descubrió a un chico a las dos de la madrugada en la biblioteca. Esto estaba prohibido (aunque la biblioteca estaba abierta a todas horas, por supuesto), y el director se enfadó muchísimo (era de genio corto). Y luego le preguntó qué estaba estudiando a esas horas. El muchacho le confesó que estaba muy interesado en un estudio sobre el desarrollo de procesos metalúrgicos para el que no tenía tiempo durante el día; Sanderson echó un vistazo a sus notas, que prendieron de inmediato su interés, y durante una hora, profesor y alumno estuvieron hablando de descubrimientos, del ansia de descubrir y saber, del papel de la escuela en todo esto. Finalmente, Sanderson dijo «Vuelve a la cama, mi muchacho. Tenemos que encontrarte un rato durante el día para que te dediques a esto». Y lo hicieron.
Dawkins, famoso por su tajante y arisca actitud ante cosas que el resto de la gente suele encontrar conmovedoras, confiesa que esta historia casi hace que acudan lágrimas a sus ojos. Y entiendo por qué.
Lo mejor que hizo Sanderson fue quedarse en Oundle, incluso después de muerto. Su amor por todo lo que el mundo podía ofrecer en materia de maravilla y aprendizaje se transmitió a los siguientes directores, como Fisher, su sucesor, que estaba en una reunión de profesores cuando un alumno llamó tímidamente a la puerta: «Por favor, señor, hay charranes negros en el río». «Esto puede esperar», dijo Fisher de inmediato a sus colegas, cogiendo al vuelo sus prismáticos y saliendo de la sala en compañía del niño. Aunque muchas tradiciones de Oundle han desaparecido, hoy día los alumnos siguen construyendo coches en su tiempo libre, coches y karts poco ortodoxos, pero perfectamente funcionales.
Hacen falta muchos Sanderson en el mundo. Muchos, muchos, muchos. Porque alumnos, nunca han faltado.

Adela Torres "Daurmith"

Adela Torres "Daurmith"

Daurmith es bióloga de formación. Ha pasado las últimas décadas intentando hacer algo útil en sostenibilidad, contando historias de muchas maneras diferentes y disfrutando de todo lo que tiene cerca. Le gustan la ciencia y la ficción porque cree poder distinguirlas, y le encanta la gente amable y que le digan que ha gustado algo de lo que hace.

Puedes encontrarla en Bluesky, Mastodon, Instagram y X

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8 Comentarios

  1. Akin

    Te comprendo y comprendo a Dawkins. Es una historia conmovedora. Es una pena que para ser hoy un Sanderson tengas que acceder con una oposición plagada de gente con amor por el funcionariado mas que por amor a la enseñanza.

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  2. Ctugha

    Impresionante. Yo tenía un profesor de química parecido en el colegio. Estupenda la parte en la que los alumnos aprenden mecánica por su cuenta para acceder a los laboratorios, realmente borgiano.

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  3. José Luis

    Gracias. De vez en cuando es necesario que alguien te recuerde que lo que realmente es importante en una profesión es apasionarte por lo que haces. Ah, y felicidades aunque sea de manera tardía.

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  4. Paco

    Vaya pedaso de testo !!
    Me ha encantado.
    Saludos.

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  5. Angel Luengo

    Porque no se han enterado los del cine, que si no, se montan un biopic en plan jolivud con el personaje.
    ( Aunque son capaces de hacer un musical )

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  6. cesarca

    los invito a ingresar a esta web

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  7. Sandra Fernández

    Busquemos entre nuestros profesores, que también los hubo con un enorme interés por sus alumnos. Como Celia Viñas poeta y profesora en Almería o el propio Nicolás Salmerón que desde su cátedra de derecho hizo mucho por generalizar la enseñanza a finales del siglo XIX.

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