Este verano estuve visitando el MuBio: el Museo de la Biodiversidad de Ibi.
—¿Ah, tenemos un museo de biodiversidad?
Pues sí. Y fue sorprendente en más de un aspecto. Poneos cómodos: va chapa.
Estás en la tele viendo Control de Fronteras o algún programa de esos de formato copiado a los programas yanquis, o sea, algo destinado a dar epicidad a veces poco justificada a trabajos más o menos normales. Ves en cierto momento cómo unos entrenados y profesionales miembros de los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado encuentran unas cajas con, digamos, mariposas de contrabando para coleccionistas. O bolsos de piel de cocodrilo. O alfombras de piel de tigre.
CAMBIO DE PLANO. EXT. DÍA
Eres una casa.
Eres grande, vieja, de suelos de baldosa que el tiempo y el desgaste han ido abollando airosamente. Seguramente tengas mal aislamiento, viguetas dañadas y goteras. También tienes espacio. Pero no tienes uso.
Algo, que contaré en otra entrada, ocurre.
Ha pasado tiempo y sigues siendo esa casa. Tus suelos ondulan y se inclinan levemente, su horizontalidad perdida con los años. Tienes muchos recovecos y una sala muy grande, revestida toda ella de paneles oscuros. Hay vitrinas bajas contra las paredes, carteles, posters y algunos módulos audiovisuales. Al fondo, grandes vitrinas del suelo al techo exponen objetos generados por la codicia y la idiotez y usados ahora para la educación. Eres una casa y tienes una sala de exposiciones. Ya sabes qué uso tienes: eres un museo, un lugar extraño como todos los museos, y más extraño que muchos. Hormigas gigantes corretean por tu fachada.
CAMBIO DE PLANO. INT. DÍA
Eres yo.
Eres una bióloga que no ejerce desde hace demasiado tiempo y que realmente no sabe qué tipo de bióloga es, salvo el tipo de bióloga que sigue asombrándose ante cada bicho que encuentra, cada relación entre especies que se ofrece ante sus ojos, cada evidencia del baile evolutivo en el que seguimos inmersos.

Estoy en la sala de paneles oscuros mirando una vitrina tan colorida como un macizo de flores. Pero son mariposas. Ejemplares parecidos se esconden en pequeños sobres triangulares de papel en otra vitrina: la manera de los contrabandistas de intentar que pasaran la frontera. Estoy rodeada de delitos: colmillos de marfil tallados en figuras estandarizadas, sandalias hechas con piel de serpiente, pieles de cocodrilo o de oso polar o de otras bestias maravillosas extendidas tras cristal templado. Colecciones enmarcadas de escarabajos, libélulas, mariposas, poniendo de relieve la bellísima variedad de colores y formas, las extrañas variaciones sobre un mismo plan corporal, y la codicia de quienes solo ven en cada uno de estos seres un objeto decorativo o un material, y no el fascinante ovillo biológico del que forman parte.
Estoy en otra sala, esta de paredes claras. Dioramas de diferentes hábitats primorosamente elaborados describen sitios en los que vives, sitios que conoces, pero en los que no te has fijado. Una cantidad a todas luces imposible de pájaros se apelotona en los pocos metros cuadrados de cada diorama: un vistazo a la variedad de especies que un día en el campo rara vez te da. Juego un rato al bingo con los dioramas: «este pájaro lo he visto, este no, huy mira, a este le pude hacer fotos en el pueblo, anda, este mustélido no sabía ni que estaba por aquí».
Hay salas llenas de setas montadas y barnizadas, cada una cuidadosamente etiquetada en función de su letalidad o palatabilidad. Hay vitrinas de otros bichos disecados de dudosa procedencia puestos un poco a la desesperada. Hay explicaciones sumamente interesantes de plantas de interés culinario o medicinal, del funcionamiento de un nevero, de cómo identificar a la Vespa velutina y sus asombrosos pero peligrosos nidos.
Es, en suma, un sitio de los que me encantan: ecléctico, importante, que hace mucho con poco, que saca partido a lo que tiene y que a cambio solo te pide seguir existiendo, seguir explicando.
Como bióloga, me gustó. Como ocupante del planeta y vecina de tanta belleza y variedad, me gustó más aún. Seguiré hablando de este museo por aquí.
P.S.: dice el SEO, ese extraño nuevo tirano con el que no se puede razonar, que esta entrada es poco legible. Decidme si dice verdad o miente.

Se lee muy bien en todos los sentidos 😌
En un mundo en el que el estándar de legibilidad lo marcan los pezones en reels de Insta (en serio: https://www.reasonwhy.es/actualidad/tendencia-ensenar-pezones-instagram-productos-marcas-brand-safety), el SEO tiene toda la razón. Para todo lo demás, enternecedora entrada. Los museos-trastero de historia natural siempre han despertado en mí esa ambivalencia entre la fascinación por lo que veo, como biólogo, y la desesperanza en la humanidad que ha creado esas colecciones. Tu entrada lo transmite a la perfección.
¡Hola, Daurmith! Lo he leído tanto en formato email como en la web, y no veo ningún problema…
¡Muy interesante el museo! Al principio pensé si no estaba contradiciendo, por su existencia, el motivo por el que existen las leyes en contra del contrabando de biodiversidad. Luego pensé que depende bastante de cómo se muestren las colecciones; además, ¿qué hacer si no con ese material? ¿Destruirlo?
¡Hola, gracias! Las colecciones se muestran como lo que son: objetos incautados que demuestran de qué maneras se está acabando con la biodiversidad por dinero o estatus social, explicando la importancia que tiene mantener y proteger los hábitats y ecosistemas. Lógicamente los módulos están mediatizados por el tipo de objetos que muestran (tienes que hablar de elefantes si muestras cosas de marfil), pero sin duda el museo sabría qué hacer en caso de no tener disponible más material, y le alegraría sobremanera tener que hacerlo, creo yo. Y efectivamente: una buena manera de dar salida a ese material que no sea su destrucción es su uso para concienciar y enseñar.