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Estampitas

24 de abril de 2017

A veces vas por ahí y ves cosas y las anotas en plan telegráfico. Luego ya llegas a casa y les pones puntos y comas y palabras por el medio.

Una:

Parada en un semáforo. Un chico y una chica están intentando empujar un coche acera arriba hacia un descampado. Él (delgadito, pálido, casi saliéndose de los amorfos pantalones vaqueros que le llegan a media pantorrilla) empuja desde atrás. Ella guía el volante y empuja el lado del conductor. La parte delantera del coche ha superado la rampa de la acera pero en cierto momento hay no sé qué equilibrio de fueerzas y el coche se niega a avanzar. La chica se queda paralizada en pleno esfuerzo, la espalda ancha tensando la camiseta. El chico pedalea desesperado en el sitio, con las zapatillas escurriéndose sobre el pavimiento como si anduviera sobre hielo. El coche retrocede un centímetro, travieso, y luego se detiene. Ambos se apoyan con todas sus fuerzas en la carrocería, asentando los pies para detener el retroceso, y él se echa a reír, indefenso. El semáforo se pone en verde; los dejo a mi derecha, atrapados entre la física y la risa.

Dos:

Es un día centelleante de primavera en Valencia: todo está limpio y los colores hacen cosquillas. Un coche se detiene en doble fila junto a un edificio azul con macetones de geranios rojos. Tardo un segundo en darme cuenta de que es un coche fúnebre, de un curioso color verde botella. Dos señores con traje salen del edificio azul y abren la trasera del coche: en su interior, casi oculto por un tumulto de claveles blancos, hay un brillante ataúd color chocolate. El conductor del coche fúnebre sale a la calle guiñando los ojos al sol y sonriendo mucho; se pone a hablar con los otros dos señores. Dice algo y los tres ríen hasta que uno de ellos se vuelve hacia la trasera del coche y desaparece hasta la cintura entre los claveles blancos.

Y tres:

Un gran atril de madera muy baqueteado. Es de la banda de música del pueblo, pero alguien ha puesto un gran jarro con calas delante y un Quijote abierto encima. Detrás, en la pared con desconchones apresuradamente repintados de cansado color vainilla, hay una teja pintada con Don Quijote y Sancho Panza. Hace frío y humedad. El local es pequeño y huele a los años 70, a sillas de plástico, a telas polvorientas. Cosa de ocho personas nos sentamos en las sillas, arrebujándonos en las chaquetas contra el frío insidioso. Alguien se coloca frente al atril y dice «Capítulo quince»: Don Quijote y Sancho aparecen en un agradable prado con un riachuelo y se dedican a comer algo cuando a Rocinante se le mete en la cabeza ligar con tiro de yeguas que conducían unos yangüeses. Entre palo y palo, entre risa y risa, desde la calle entra el rebote lejano de un balón y los ladridos de un perro. Luego no hay nada más que palabras. Ahora somos puede que quince. Y ya no hace frío.

Adela Torres "Daurmith"

Adela Torres "Daurmith"

Daurmith es bióloga de formación. Ha pasado las últimas décadas intentando hacer algo útil en sostenibilidad, contando historias de muchas maneras diferentes y disfrutando de todo lo que tiene cerca. Le gustan la ciencia y la ficción porque cree poder distinguirlas, y le encanta la gente amable y que le digan que ha gustado algo de lo que hace.

Puedes encontrarla en Bluesky, Mastodon, Instagram y X

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