Imagina que vas paseando un día centelleante de finales de verano por tu ciudad o tu pueblo. Imagina el calor que desprende la acera, la luz de mantequilla que acaricia las fachadas multicolores, la multitud variopinta que se cruza en tu camino.
Imagina que eliges esa calle y no otra porque por ahí hay algo de sombra y la acera está más despejada. Imagina que pasas ante una casa y el gran portón de madera está abierto: la negra serpiente que sujeta la aldaba no muestra, de momento, interés por ti.
Imagina un arco de piedra y un patio adoquinado en el interior. Imagina unas escaleras. ¿Las ves? Imagina la balaustrada de piedra, brillante por el roce de muchas manos. Imagina quién vive en esa casa. Quién vivió antes. Quién vivirá en ella dentro de unas décadas.
Imagina un hombre sentado en los primeros escalones. Su actitud es tranquila, dominando el entorno, como si estuviera en su casa o como si no le importara que no fuera su casa. Imagina su cara atezada por el sol y surcada de arrugas, sus ojos lechosos entrecerrados, el pliegue desgastado de sus labios. Imagina sus ropas, las que quieras. Ponle una ropilla, un jubón, un tabardo, una blanca camisa de Blueberry, una túnica con bordados cabalísticos. Elige los colores.
Ahora imagina que el hombre te mira. Y te sonríe, con una sonrisa algo extraña de dientes desiguales. Y se dirige a ti con absoluta naturalidad, como si te conociera.
¿Qué te dice?
NB: Esta no es la entrada de #lodelrol, pero empiezo a estrechar el círculo para llegar algún día a ella.

«¡Qué casualidad! Justo te estaba buscando.
Ven y siéntate, tengo noticias para ti. Y también un mensaje que debo hacerte llegar.