El otoño y la primavera son mis estaciones favoritas: estaciones de transición, hacia uno u otro extremo del año, donde todo se acelera o ralentiza. Interfases, filos, fronteras: son conceptos en los que estoy a gusto. Cosas que son, sin acabar de ser.
Ahora que las tardes ya empiezan a agrisar antes y preparan mejor el ojo para apreciar el oro de los chopos, empieza en casa la transición a la fruta de otoño. Este año han irrumpido dos nuevos contendientes en casa: las manzanas esperiegas (o espedriegas) y los jínjoles. Lo cual ha sido un poco traumático, porque yo solo había visto jínjoles en foto hasta el momento.
—¿Qué son?
—Jínjoles.
El nombre me encanta inmediatamente y me paso la tarde musitando «jínjoles, jínjoles», con diferentes grados de énfasis. Jínnnnjoles. Jííínjoles. Jínjolessss. Wikipedia me informa de que también se llaman azufaifos o azufaifas pero es tarde: ya he improntado1 en «jínjoles» y ya no me sale llamarlos de otra manera.
Son unos frutos pequeños y lustrosos, del más agradable y cálido color marrón imaginable. La piel de algunos de ellos tiene un interesante vitíligo de un verde luminoso que combina estupendamente.
—¿Están buenos? —pregunto, cauta, a la persona que nos ha traído una bolsita llena. Me asegura que sí, que a ella le gustan mucho desde que era pequeña.
La piel es lisa y brillante y da paso a una pulpa harinosa y de color verde menta. Es dulce, un poco ácida, seca. Me recuerda a la manzana. En su interior, un hueso oblongo parecido al de las aceitunas ofrece interesantes oportunidades para cerbatanas caseras.
Pensativa, me como otro jínjol. Contiene cierta cualidad agreste, de fruta que comes intrépidamente si la encuentras en un paseo por el monte, y te sientes muy superviviente y heroica al hacerlo. Son frutas «de pobre». Como las cáicavas (en mi pueblo), o caicabas (en Murcia): el fruto del almez. Fruta de la que comes cuando no tienes la dulzura punzante de una manzana esperiega a mano.
En casa tenemos uvas, manzanas, los últimos melocotones del verano, plátanos, cualquier cosa. Pero tras la cena o la comida encuentro que mi mano busca el tacto satinado de un jínjol casi como al descuido, como si aún no estuviera muy segura de a qué saben.
Pero sí que lo sé: saben a un bocadito dulce y agradable, a un bocadito de otoño.
- No, el verbo no parece estar en la RAE, pero me da igual. Si lo uso, existe. ↩︎

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