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La conversa

3 de septiembre de 2002

Prodigio de lógica donde los haya. Que sí, hombre; si nos ha pasado a todos. Digamos que vuelves, tras larga ausencia, a tu pueblo. Alegría y regocijo, jolgorio por doquier. Y un gran reto conversacional:

-¡Huy! ¿Ya estás aquí?

¿Qué hace una ante semejante pregunta? Porque la obviedad es de las que hacen época. Sí, claro que estoy aquí; si no estuviera aquí le estarías haciendo la pregunta al aire y eso suele quedar rarito y la gente te mira de reojo, disimulando.

-¡Chica! ¿Ya has venido?

Otra que tal. No, mire, sigo de viaje. Esto es una proyección taquiónica de mi persona para que pueda usted hacer esas preguntas que, fíjense si no, forman gran parte de nuestro bagaje conversacional. Como cuando te ven repantigada en la silla, con la mesa cubierta de platos vacíos apenas espolvoreados por unas pocas migas como restos de una batalla, y tú con una cara de felicidad que no se la salta un canguro y el botón de los vaqueros desabrochado, y una mancha de crema de chocolate en la comisura del labio, y te preguntan tan panchos si ya has comido. ¿Quién, yo? Noooo, es que he visto la mesa así y me he sentado un rato a descansar; el chocolate me lo he puesto con pincel porque hace juego con mis ojos. Como cuando llegas a casa y te ven y te preguntan si ya has llegado. Como cuando te ven dando de mamar a un rorro y te preguntan si has tenido un bebé, ¿creerán que has cogido prestado el de la vecina? O cuando te ven con la pierna escayolada hasta la ingle y te preguntan, solícitos, si te ha pasado algo. No, mire, es que es moda.

Aunque en esto, como en tantas otras cosas, quienes ganan son los americanos. La escena: aguerrido joven musculoso desafiando la naturaleza en escalada libre. Cacho piedra que se suelta y batacazo del atleta, que se estozola y queda como un trapo seis metros más abajo, o los que sean, despellejándose previamente media epidermis al tratar de agarrarse a la montaña con todo lo que tenga a mano, hasta con las pestañas. Pero la gravedad gana el round y nuestro héroe queda en el suelo hecho un guiñapo, sangrante y contuso. Los equipos de apoyo corren hacia él y de inmediato, mientras despliegan miles de dólares de equipo médico, van, y, tal como les ha instruido el manual, le preguntan, solícitos, «¿Estás bien?». Seguro que si el Spiderman de turno tuviera aliento para contestar les llamaría de todo y luego se dedicaría a revisar su árbol genealógico para redondear la cosa. O no, que somos todos algo tontos; seguramente diría, «Sí, estoy bien», mientras se aguanta la pierna rota con la mano que no se ha destrozado en las rocas y trata de que la sangre que le chorrea por la cara no le entre en los ojos. Pero así es el arte de la conversación entre los seres humanos. Hay que ver.

Todo esto son gambitos conversacionales para abrir boca, y no sé por qué razón deben empezar a menudo con una obviedad, pero lo hacen. Mi natural perfidia siempre tiene a punto un retruécano, pero como una es, en el fondo, buena (que síiiii, desconfiaos; más buena que el pan), pues no dice nada y sonríe y admite que sí, que he venido, y añado además que estoy aquí y que no, ahora no estoy en Estados Unidos, ya ve qué cosas. Y luego me muestro de acuerdo en el tiempo tan raro que estamos teniendo, fíjese, Agosto y lo que ha llovido, y de ahí ya pasamos a cuestiones filosóficas y culinarias. Que van más unidas de lo que la gente se cree, pero esto es otra historia.


Adela Torres "Daurmith"

Adela Torres "Daurmith"

Daurmith es bióloga de formación. Ha pasado las últimas décadas intentando hacer algo útil en sostenibilidad, contando historias de muchas maneras diferentes y disfrutando de todo lo que tiene cerca. Le gustan la ciencia y la ficción porque cree poder distinguirlas, y le encanta la gente amable y que le digan que ha gustado algo de lo que hace.

Puedes encontrarla en Bluesky, Mastodon, Instagram y X

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