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La tórtola

4 de septiembre de 2025

Nota bene: casi todo lo que procedo a contar es verídico.

Tórtolas
Tórtolas (Wellcome Collection)

Hace unos días fui al Parque Central a dar un paseo. El verano había apretado hasta la asfixia y el parque se mostraba confuso, reseco y descuidado en algunas zonas y verde y jugoso en otras. El efecto era un poco incómodo y un poco entrañable, como la casa de un buen amigo que está siempre hecha un desastre pero en la que te sientes a gusto.

Di una vuelta por mis zonas favoritas. Conocí a un abejorro atareado, a unos gatos desdeñosos, y a una señora bajita de sesenta y muchos años que me chistó y me preguntó tímidamente si había visto a alguien que trabajara en el parque.

No, le dije. La señora tenía una tórtola joven y despeluchada en las manos.

—La he criado yo en casa dos meses —me dijo la señora. Tenía la voz dulce y titubeante—. Pero el piso no es buen sitio para ella, no sé si puedo soltarla aquí…

Miré a mi alrededor: era una zona con setos tupidos, un par de moreras de copa densa, una mesa de madera, sombra. Unos mirlos se insultaban con muchas ganas en las ramas de la morera.

La tórtola se agitaba en las manos menudas de la mujer. 

—Quiero que tenga sitios en los que esconderse.

Miré los arbustos y los árboles: parecía un buen sitio. La tórtola seguía sacudiéndose y moviendo la cabeza para mirarnos con sus ojos caoba.

Pedí sujetar el ave un momento. Era joven y parecía en buen estado. Tenía una pequeña llaga en un ala.

—Eso es de agarrarla —me dijo la señora, preocupada. Tapé la cabeza a la tórtola, que se quedó quieta latiendo en mis manos, toda ella un corazón.

—El piso no es sitio para ella —insistió la señora, pasándose las manos vacías por su vestido de flores. Levantó una bolsa de plástico que llevaba colgando de la muñeca.

—Me he traído la comida porque me gustaría quedarme un rato con ella cuando la deje, para asegurarme de que está bien. La he estado cuidando dos meses, pero no se puede quedar en el piso.

Le dije que no creía que nadie le pusiera problemas para soltar a la tórtola, que ahora estaba acurrucada, ciega y tranquila, entre mis manos.  La señora me miró sonriendo: era guapa, morena, de ojos marrones y grandes, como los de la tórtola.

Era agosto en Valencia. Tras la ola de calor el parque exhalaba fiebre y aun a esa hora de la mañana solo había gente paseando a sus perros. Los mirlos se habían ido de la morera; el rincón tupido en el que estábamos era un islote de silencio verde.

—Ya no puede estar en el piso —dijo de nuevo la señora en voz baja y algo pesarosa.

Le devolví la tórtola, indicándole que mantuviera su cabeza cubierta para que estuviera tranquila. El ave empezó a aletear frenéticamente. La mujer no le tapó la cabeza; la agarró entre ambas manos con poca maña y me sonrió, radiante.

—Qué bien que sepas de estas cosas —dijo. Un rayo de sol se filtró entre las moreras e hizo brillar con reflejos caoba sus grandes ojos marrones.

No sé por qué, pero empecé a sentirme muy incómoda, como si estuviera interrumpiendo algo. Les deseé suerte a las dos y me fui.

Un instante después dos tórtolas salieron volando de la morera que acababa de dejar atrás.

Aceleré el paso.

Adela Torres "Daurmith"

Adela Torres "Daurmith"

Daurmith es bióloga de formación. Ha pasado las últimas décadas intentando hacer algo útil en sostenibilidad, contando historias de muchas maneras diferentes y disfrutando de todo lo que tiene cerca. Le gustan la ciencia y la ficción porque cree poder distinguirlas, y le encanta la gente amable y que le digan que ha gustado algo de lo que hace.

Puedes encontrarla en Bluesky, Mastodon, Instagram y X

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4 Comentarios

  1. Clark

    ¡Precioso!

    (A propósito, llevar un clavo en el bolsillo protege de las hadas. O igual no, pero qué te cuesta.)

    Responder
    • Daurmith

      Me lo apunto por si acaso. Yo había leído que llevar la ropa del revés también. Mis paseos van a ser logística y estéticamente interesantes, ¿eh?

      Responder
      • Clark

        Mejor eso que acabar prisionero a perpetuodad en el interior de un roble, digo yo.

        Responder
  2. Jesús

    ¡de vuelta! espero que por mucho tiempo.

    Responder

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