Es sábado y estoy en el pueblo. Hace sol y mucho frío y es un día perfecto para sentarse frente a un cuaderno o un ordenador y poner en orden ideas y proyectos a medias.
La cafetera de mis padres tiene otras ideas.
Es una cafetera de esas listísimas que muelen el café en el momento y tienen programadas cuatrocientas variantes de café. La verdad es que el café sale muy rico, pero el cacharro es melindroso como una marquesa viuda. «Ponme agua», «Mira a ver si tengo leche», «Oye, no me pidas esta molienda con esta receta de café, qué somos, ¿bárbaros?», y otros mensajes pasivo-agresivos que te hacen sentir culpable por hacer trabajar a semejante monolito negro y plata, lleno de sutiles aciertos de diseño.
Llevaba el trasto un par de días diciendo «Necesito que me descalcifiques» y nosotros haciéndonos los remolones. Pero hoy es sábado y no estaba yo como para seguir aguantando miraditas rencorosas de la pantalla de alta definición, así que decidí ponerme a ello.
Vivo en la vertiente mediterránea de la península y eso quiere decir que estoy acostumbrada a convivir con un agua dura o muy dura y al uso de descalcificadores para muchos cacharros. Generalmente descalcificar una cafetera no es un problema y, pensé, con esta cafetera menos todavía, porque seguro que es tan lista que me dará ella las instrucciones.
Efectivamente: la pantalla, en unas instrucciones abreviadas pero lo bastante claras, me empieza a instruir.
«Retira el depósito de agua»
Lo retiro.
«Vacía el depósito de agua»
Lo vacío.
«Vierte solución descalcificadora hasta la marca A y agua hasta la marca B».
Hecho.
«Coloca un recipiente de 2 litros bajo los surtidores y es».
¿Es? ¿Qué es? Será que espere. Espero mientras los surtidores hacen prrrrt psssscht alternativamente y con largas pausas entre emisión y emisión. Mientras, voy llenando la jarra de filtro1 para ir haciendo acopio de agua, que sé que me hará falta luego. Previsora que soy.
Prsssscht brrrrt pfffftch, suena musicalmente la cafetera durante los largos minutos que tarda la jarra en llenarse. Bueno, pues esto es fácil, ya no debe quedar mucho, pienso. Abro, con mucho optimismo, una ventana de edición del blog con el borrador de una entrada que no acaba de salir.
«Llena el depósito de agua al máximo».
Veenga, vale. Me levanto, deslizo suavemente el depósito fuera de su perfectamente diseñado hueco, enjuago los restos de solución descalcificadora, me pongo a llenarlo y la tapa de la jarra se sale. Inundo media cocina mientras la cafetera me conmina a darle su depósito de agua. Voy a por un mocho e introduzco el depósito con una mano mientras contengo la inundación con la otra, manejando el mocho como un remero majareta.
Mientras tanto la cafetera empieza a escupir agua de nuevo y se me ha olvidado reponer el depósito donde se recoge el agua del enjuague, así que suelto el mocho, agarro el cacharro y lo deslizo bajo los surtidores no antes de que haya medio inundado la bandeja inferior.
Vale, no pasa nada, ahora solo tiene que enjuagar, me digo, mientras vuelvo a estudiar con desaprobación el borrador de entrada de blog.
Una pedorreta de la cafetera me hace levantar la mirada y veo que el cacharro de recoger agua está casi lleno. En un salto felino consigo recogerlo, vaciarlo y reponerlo sin más percance que dejarlo todo perdido de salpicaduras. Llevamos cuarenta minutos de proceso.
Que llene el depósito, me dice de nuevo la señora marquesa, digo, la cafetera. Obedezco dócilmente evitando una nueva inundación. Quiero creer que esto es ya el final del proceso, la luz al final del túnel, el rayo de esperanza que nos ilumina, el café en mi futuro cercano.
De pronto dejo de recibir mensajes. Proceso terminado, dice la pantalla, impertérrita. No puede ser.
Pongo una taza bajo los surtidores con la esperanza de disfrutar de un café de cafetera recién descalcificada.
La cafetera escupe agua por la salida del agua caliente poniéndolo todo perdido de nuevo mientras me informa, con retintín, de que está llenando el circuito de agua. Cambio la taza de sitio para recoger el agua y de inmediato empieza a salir café por los surtidores, perdiéndose para siempre en la bandeja inferior.
Miro a la cafetera. La cafetera me devuelve la mirada, creo interpretar que con la satisfacción de quien sabe que ha dejado a cada una de nosotras en el lugar que le corresponde.
La entrada de blog sigue en borrador.
- No, no consumimos agua embotellada en casa. De ningún tipo, por ninguna razón. Pero dejaremos esto para otra entrada de blog. ↩︎

Habéis creado un monstruo, la imagino despertándote por la noche para que le cambies el agua o que le rellenes el depósito o, yo que sé, que le cantes algo.
Algún día hablaremos de las alternativas a las botellas de agua, he sido incapaz de encontrar soluciones convincentes.
El agua del grifo es perfectamente consumible. Incluso aquí. Yo me apoyo en un descalcificador (actualmente sin sal, así que no cuenta) y en una jarra de filtro.