Por circunstancias no ajenas a mi voluntad me hallo, como dicen los herejes, «between jobs». Llevo menos de dos semanas así que estoy en un espacio mental liminar, de transición, de encrucijada: un sitio cómodo, al menos en las leyendas, para brujas, demonios y aparecidos. Saquen sus propias conclusiones.
Durante esta fase estoy asomándome a un mundo al que llevaba tiempo sin asomarme, un mundo cotidiano, prosaico y en mi caso, por lo poco usado, interesante. He estado extrayendo algunas notas de campo para practicar esto de juntar letras en el blog (tengo que desoxidar muchas aficiones que he tenido aparcadas en gran medida los últimos años; lo del rol vendrá en breve).
Con ustedes, un día de barrio.
En la plaza del mercado dos señores que ya no cumplen los sesenta fijan intensamente su atención en los mecanismos de una vieja bicicleta colocada ruedas arriba sobre un banco. Junto a la bicicleta, un surtido de herramientas. Uno de ellos mira a la bicicleta como si quisiera hipnotizarla mientras el otro hace un gesto en el aire con un destornillador invisible, explicando parte de lo que cree que debe hacerse.
En el mercado. Voy a por longanizas de pascua de un puesto en el que las hacen muy ricas. Ante mí una señora mayor sentada en uno de esos carritos que se convierten en sillas o en andadores según convenga. Está comprando muy metódicamente. Cuando termina, la señora hace amago de levantarse para coger las bolsas y se genera un pequeño momento de confusión mientras ella se levanta, el paradista coge todas las bolsas, y yo hago un gesto para cogerlas y pasárselas a la señora. Lo resuelve el paradista con una sonrisa y un «ya voy yo» dirigido a mí. Sale de la parada con las bolsas, ayudamos a levantarse a la señora, y él guarda las bolsas bajo el asiento del andador. La señora se va sin prisas, asintiendo cuando el paradista le recuerda que si se le ha olvidado algo que llame y ya se ocupa él.
En la cola de la ferretería el dueño comenta que le quedan cinco años para jubilarse y que tiene muchas ganas. Un hombre joven que acaba de entrar después de mí emite una especie de gemido desesperado: «¡Pero necesitamos ferreterías!», dice. Yo asiento con decisión. El dueño se encoge de hombros. Hablamos los tres un rato sobre burletes para puertas y ventanas.
Paso frente a una peluquería donde un chaval de quizá unos doce años sujeta nervioso las correas de dos perrillos que se dispone a sacar a pasear. La dueña de la peluquería le está explicando que debe llevar las correas bien cogidas y cortitas, y que debe ir «con decisión». El niño está muy nervioso. Los perritos miran a la peluquera, claramente su dueña, con cara de absoluta incredulidad. El niño consigue que se muevan tras un buen rato y se los lleva caminando con una mezcla de nerviosismo y excitación. El perro más pequeñito da saltos alrededor enredando una correa con la otra. Les auguro un paseo interesante y sigo caminando.

Me alegro de volver a leerte!